Siempre

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martes, 23 de febrero de 2016

Bisiesto

Como todo, mi madre ha envejecido y dado el estado de su memoria, no puede estar sola en casa por precaución, por orden del neurólogo, por conciencia. Así que, ya que me enteré de un daycare o centro de día para"adultos mayores" fui a averiguar y me pareció muy bien. Mi miedo era que los pusieran a hacer tarugadas del tipo pegar chaquira en un dibujito,  tipo kinder, pero no es así. Le conté doce veces diarias de un "club" al que van algunas señoras de su rodada para que lo viera con buenos ojos y me hacía caras de fuchi. Se imaginaba el club del INSEN de su mamá, yo creo, y pensaba que sería furris (¿qué van a decir las Limantour?). La llevé a una semana de prueba y lo pasó muy bien; la llevé a las diez de la mañana y la recogía a las tres y media y siempre me dijo que se había divertido mucho. Total ya la inscribimos e irá tres días por semana. Es un sitio alegre en realidad, pero a mí el corazón se me hace papilla por lo que significa. No soy buena en estos avatares de la vida. Ni modo. Otra cosa que se suma a mis tristezas, que son tan profundas que nadie las ve, o no las buscan por aquello de mi fama de fuertota, sanota y muy macha, además de mi costumbre de hacer de todo chistes y reírme de todo.
Tal vez por eso mi vecina, que tenía alojado al Patch Addams, me invitó a una cena en su casa con el mentado doctor payaso. Él y todo su séquito, o mejor dicho troupe, llegaron vestidos de payasos de circo, y creo que siempre andan así en la calle. Si me hubieran dicho, tengo ropa parecida. Obviamente estuvimos hablando de la influencia o no influencia del humor sobre las enfermedades, o mejor dicho sobre los enfermos. Hay dos corrientes: una, que no sirve para nada y otra que dice que sí porque el enfermo si se alegra está más predispuesto a sanar, a comer, a seguir tratamientos.
Y la polichambeación en la que me veo sumergida va viento en popa. Traducciones aparte, me amarchanté en una tienda de artículos de pesca y caza para dejar a la venta varios cuadros de tema pescadoso que he hecho: macarelas, jureles, con anzuelos, conchas y mar. También hice a pedido mis famosos Tera Tommys. Los Tera Tommys son teratomas de juguete, una monada más que he hecho. Me compró varios mi amiga de la Order of the Good Death. Si alguien quiere uno avisar a su servilleta.
Y es que con este gobierno lo que uno tenía, digamos, hace tres años, se ha ido reduciendo conforme el dólar y el euro crecen ante nuestros azorados y azorrillados ojos. Ni pa donde hacerse, deveras. Pero el hombre es el único animal, dicen, que se tropieza dos veces con la misma piedra, pregúntenme a mí, que ando reservando hoteles en páginas de Internet arriesgándome a que me suceda lo mismo que con el Hotel Cucaracha Inn de Bernal. Pero si no, ¿cómo reservo? No es como que una conozca hoteles en cuanto pueblo y ciudad hay en el mundo. En Estados Unidos es menos el problema porque como quiera sabe una por el nombre de la cadena más o menos qué esperar, pero en otros países no hay tanta cadena, los hoteles en su mayoría suelen ser independientes, o los de cadena más elegantosos y se salen del chorido presupuesto de una que va de peregrina (pero no del Mayab).
Tengo una comida de amigas, ¿qué llevaré, mi famosa plasta horneada de verduras con atún, o un platón de chicken pasta? Se aceptan sugerencias.
Año bisiesto. Sé que no significa sino que hay que acomodar por ahí un día que faltaba o sobraba, según vean el vaso medio lleno o medio vacío, pero hace ilu.

Sabiduría del mes: a trabajar que este mundo no se va a acabar.

domingo, 24 de enero de 2016

Hotel Cucaracha

Como cada año, llegó diciembre con sus desmadres y después de la navidad me llevé al esposo a pasear para distraernos un poco. Había ido yo en octubre a Bernal, pueblito lindo que está a los pies de la Peña del mismo nombre, con mis amigas. Me encantó pasear por las calles, ver las casas antiguas, disfrutar el sol, la calma y la comida. Reservé en un hotel y allá vamos. Nótese que
Bernal  es muy pequeño pero las calles son en su mayoría muy empinadas por subir y bajar hacia y desde la peña. Total que llegamos y había como cola de coches para entrar al pueblo (mala señal) y para llegar al hotel íbamos entre miles de personas caminando. Llegamos al hotel, dejamos las cosas no sin notar lo gacho que estaba el cuarto, la recepción inmunda y llena de telarañas, y el señorsito que nos recibió solo. Para reservar me habían pedido la mitad de una noche e íbamos a estar dos, y el recepcionista-bell boy-cocinero-dueño-afanador me pidió que liquidara todo. Medio en broma le dije que yo pagaba al irme y me dijo: "¿qué puede ir mal?". Nada -le contesté- pero música pagada toca mal son. Nos fuimos a (intentar) recorrer el lindo pueblo y terminamos en una terraza bar con vistas a la peña tomando cervezas porque era imposible andar entre tanta gente. Parecía mi pueblo en 15 de septiembre: una multitud pendejeando, baboseando, con la agravante de que venden micheladas y tequila en la vía pública así que van chupando o ya ebrios en bola. Horrible. Comimos bien, eso sí, y al rato regresamos al hotel. Entonces ya notamos las manchas de las paredes del baño, algunas de sangre; que las cortinas estaban todas rotas, que la ventana del baño no cerraba por estar caída y hacía un frío que pelaba. Del wi-fi ofrecido en la página de hoteles Booking nada (no se guíen por las fotos, son engaños); tele sí había pero no servía, no sé si le cogió el apagón analógico o les daba igual. Nos salimos a una terraza a ver las estrellas y platicar a pesar del frío para estar lo menos en ese cuarto tan deprimente y cuando nos metimos nos dimos cuenta de que la cama era un redrojo: estaba tan jodida que nos rodábamos al centro y quedábamos aplastados. Yo no me podía dormir y al rato pasó el perro del hotel por el pasillo, porque perro sí hay, ladrándole a los gatos que habían estado maullando un buen rato ya. Horas en vela oyendo el ulular del ventarrón que se colaba por las maltrechas ventanas moviendo los hilachos de cortinas. Muy temprano el esposo se levantó a tomar fotos de la peña al amanecer y al rato lo alcancé pero primero constaté con mis patitas que el piso estaba pegosteoso. Nos bañamos echando mentadas del frío bajo un chorrillo de agua medio tibia y salimos con nuestras cosas para irnos para siempre amén. Todavía el vejete recepcionista-chorreado-mucama nos preguntó por qué nos íbamos y me congratulé de no haber pagado el total al llegar. Desayunamos delicioso en otro hotel y nos fuimos a Ezequiel Montes a comprar unos quesos exquisitos que hacen ahí y derechito a casa. Lo sentí por Diego, que canceló la fiesta.
Y es que sí da coraje que le cobren a una como Fiesta Inn por un Caca Inn, o sea, ni el Piojo Matute de Madrid. Si le dicen a una que es hotel pinchón de pueblo y que cuesta trescientos pesos pues una ya sabe a lo que va, ¿no? A algo rústico y campamentoso,
Y yo trabajando para juntar para mi viaje y el &%$ gobierno robándose todo de forma que el dólar y el euro suben y suben. ¿Buscaré puros piojos Matutes o me llevaré mi tienda de campaña pequeña y dormiré en los parques?
Sufro. Pero ya se sabe, (Sabiduría de hoy) para la depresión hay prevención. Hacer, hacer, hacer. Pintar paredes, cuadros, muebles. Crear, arreglar, componer. En mente activa no caben tarugadas ni depresiones. Tal vez por eso mi abuelita era feliz a pesar de las vicisitudes de la vida: nunca manitas ociosas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los mandalas y la pachanga

Diciembre siempre es un  mes raro, tan raro como el mundo de José Alfredo.
Pero lleva su relajo y eso me gusta. Para iniciar el puente-maratón Guadalupe-Reyes, fui a la fiesta de aniversario de Bodas (¡35!) de mi amiga Hilda. Ella y su familia es muy amorosa, y tuvimos una mesa para mis amigas con sus maridos. Llegó un trío que creo que eran Los Calavera, por la edad, claro, y antes de que dieran el azotón los aprovechamos cante y cante y divirtiéndonos horrores. Les pedíamos canciones por título si lo sabíamos o les cantábamos un pedacito, o les decíamos los cantantes. Así les dije "los Castro", y temí que lo tomaran a amenaza aunque luego pensé que ya pa qué.
Al día siguiente o séase hoy mero, fue la presentación en el Centro Cultural Roberto Cantoral de un concierto de música hindú al tiempo que proyectaban unos hermosos mandalas animados que hizo Diego, el más pequeño de mis hijos, en la pantalla. Repartieron lentes de tercera dimensión al entrar.Regresé a terminar un trabajo que entrego mañana, que tengo desayuno amigoso.
Me metí al show con todo, y al ver aquellas cosas tan bonitas y coloridas girar, abrirse, desparramarse  y crecer en tercera dimensión con unos colores psicodélicos y la música de meditación entendí muchas cosas y me acordé de otras. No negaré que con la primera pieza sentí harto y, no sé por qué, que tengo mucho dolor adentro, Muy adentro, yo creo, porque no lo noto comúnmente.
Recordé que la música hindú me gustaba mucho (remember the seventies), que me pasaba ratos oyendo al Shankar, sólo que esta era distinta y no me gustaba tanto. Tal vez pase como aquí, porque explicaron que era música del norte de la India, y aquí la música del norte suele ser horrorosa. El que más fácil tenía la cosa era el del violín rectangular, porque sólo repitió todo el tiempo un estribillo muy triste. Tal vez reviva mi gusto por Shankar, aunque creo que al esposo le puede dar un ataque dadas sus pésimas experiencias con empresas farmacéuticas de la India.
Descubrí que tengo hartos mandalas en platos michoacanos y guanajuatenses. Y que mi abuelita Titita tejía mandalas, pa muestra unos tarugos que tengo en la cocina.
Me sentí orgullosota y feliz, el auditorio tenía quinientos personas aplaudiéndole a mi hijolín.
También puse unos cuadros a la venta en el CCBA de Coyoacán, Jardín Centenario para ser precisos, así que corran a comprar muchos cooperando así con la causa. Y estoy inventando un producto/juguete para gatos que hará las delicias de esos bichos y de sus dueños. Una que no para, pues'n.
Y de navidad, a estas alturas, no he hecho nada y creo que no haré. Decepciones las justas, gracias.
Y de mi cumpleaños, que es la primera posada, tampoco. Es una chinga haber nacido en estos días, de verdad. Y luego que caen  en miércoles.... restaurant con el esposo y ya,
Pero este su blog les desea una feliz navidad y un año nuevo lleno de venturas (así decían las tarjetas) y agradece su preferencia esperando el nuevo año para servirles (eso decían los calendarios).



domingo, 15 de noviembre de 2015

Sufrimientos novembrinos

Noviembre a medias y aquí seguimos, dándole cara al mundo.
Al mundo que es un desmadre, pero de ello hablan todos, todos que son tan sabios (creen) y discuten como los súper expertos que son: que si poner azul y rojo que si no.... que si acá también hay muertos y nadie pone la bandera de México, que si mentira, la ponen demasiado. En fin, que para eso hay otros espacios.
Y hoy es domingo de puente. Mañana no trabajan los que lo hacen formalmente, como mis dos hijodontes. Yo sí, tengo que ir lejos a recoger un coche, pero los dioses me favorecen porque no habiendo escuelas ni bancos el tráfico me será leve. Estos puentes me gustan más que los romanos, la verdad. La ciudad ha estado tranquila, vacía. Anoche recogí a Diego en el Bazar donde trabajó el fin de semana y donde espero se hayan vendido mis cuadros y nos fuimos a cenar a San Ángel, sitio que en sábado suele estar retacado. Tuvimos la terraza del restaurante casi para nosotros solos, con música y toda la cosa; estuvimos muy contentos salvo el momento en que el ruco se azotó. Pero en fin, gajes del oficio. El chiste de este puente fue sacarle la vuelta a los centros comerciales y tiendas de toda índole, porque era el mentado BuenFin, en el que sacan ofertas y dudosos descuentos que hacen que se abarroten y retaquen de gente que adquiere cosas que ni necesita y se endroga a mil meses con las tarjetas de crédito. Yo me avituallé desde el jueves para no salir.
Pero caí en la felicidad del consumismo. Allá por mis quinceañerencias mi papá me compró un chaleco hippie de gamuza en Quiroga, Michoacán. Era lo más lindo, con muchas tiritas que colgaban y yo me sentía la mismísima Janis en persona presente, con mis greñas ad-hoc. Pues resulta que vi uno en afamada tienda de ropa (no digo el nombre porque no me pagan patrocinio, se aceptan patrocinadores) y obviamente mi nostálgico corazoncito lo deseó con mucha enjundia, Pero me dolió el codo... Hay prioridades -me dije- y hay que ahorrar. Luché con un diablito y un angelito en mis hombros, uno me decía: "cómpralo, que acabas de cobrar unos trabajos y no te has dado un gustito"; el otro me detenía. Fui después a la tienda con Diego y ya no había. ¡Horror!
Mi apetito me llevó a verlo en la página de la afamada tienda y lo tenían pero me cobraban envío, encareciéndolo y seguí pensando... y sufriendo varios días. Como me anoté en la página web, el viernes que comenzó el mentado BuenFin me llegó la oferta irresistible: no cobraban envío y hacían el 30% de descuento. Una es débil, como la carne, y azoté. Ya era mucho. Total lo compré junto con otro padrísimo de la muerte y me llené de felicidad consumista. Fue un poco como cuando sueño con tacos de chilorio y sufro verdaderamente algunos días hasta que logro comerme unos, para que dimensionen mis sufrires.
Y no sé si este texto quede como veracruzano o escrito por el peje porque la tecla d no me obedece mucho, acabo de sufrirla con el trabajo que mandé hoy (sí, que terminé hoy domingo de puente para que se vea que aparte de sabia soy chambeadora). Cosa de limpiar mañana el teclado y ya está.
Otro sufrimiento me lo ha causado mi guitarra. Un día se le rompió la sexta y al cambiársela se notó que el aparatejo que las sostiene tenía un tornillito barrido. Fui a la tienda que me recomendaron y que no, que no arreglan ni tenían el tornillito, pero me vendieron el adminículo que va atornillado a ambos lados y que tiene las clavijas, que estaban más gachas que las mías. Sé que no es la gran guitarra -le dije al chavo-, pero me la trajo santaclós y la quiero. Cómo no -respondió para mi alegría-, si es de cedro, es muy buena guitarra. Le pregunté si cualquier marido podía cambiar ese aparatito y dijo que sí. Poder podría pero no quiso porque estaba más feo que el original y consiguió el otro tornillito con un cerrajero, se lo puso y aparentemente quedó bien pero al sacarla en Tequisquiapan con mis amigas ya tenía la cuarta reventada. Total tengo que ir hasta la Casa Ramírez y a ver en cuánto me sale la gracia.
El sufrimiento con la Comisión Federal de Electricidad, ese monopolio del estado que no no deja producir nuestra energía pero que nos cobra como gente grande, mejor ni se los platico, no se trata de hacer llorar a nadie.
Y ya no voy a dormir en la cama de piedra. Mi espalda, mis hijares, mis piernas y mi cogote lo agradecerán, lo sé. Ya no despertaré como cuasimoda, como si hubiera dormido en el suelo como cualquier animal. Ya nomás me compro unas almohaditas decentes y ¡voilá! Espero soñar, que esa es otra cosa.
Sabiduría del mes: La felicidad puede venir de cualquier cosa, aprovechémosla.

jueves, 29 de octubre de 2015

Los amiboos yuna santa madre

Un día Dieguito, el más pequeño de mis hijos, me preguntó: "¿Qué vas a hacer mañana?". Yo, que soy tan sabia y que tras de chorrocientos años de casada he aprendido que detrás de esa pregunta vienen encargos sin importar lo que tenga una qué hacer ese mañana, quise saber por qué preguntaba. A ver si puedes ir a Liverpool a la hora que abren -me dijo candoroso. Eso es a las once, a media mañana -respondí azorosa. Es que salen unos amiboos nuevos y yo no me puedo salir del trabajo para ir a comprarlos -aclaró ruboroso. ¿Qué son esas cosas? -pregunté suspicaz.
Resulta que los amiboos son unos monigotes o figuritas de personajes de los videojuegos que de alguna manera, vía chip, cordón umbilical o telepatía, se conectan al juego cuando les ponen encima de una cosa. Se meten a la pantalla y participan de la acción como personaje. Le hice bastante ad-misericordiam al hijo, para que vea que nomás porque soy una santa iría. Me dio un buen billete para el efecto y fui apercibida de que tenía que ser a la hora de abrir o se acaban. O sea como si fueran birotes. Llegué al susodicho almacén previa estacionada en el mall y salí a la calle por una escalerita como de personal. Vi una cola de gente y me imaginé que ahí era. Al último de la fila le pregunté si era para los monitos y me dijo que sí aunque creo que se ofendió porque llamé así a sus amados amiboos, Me di cuenta de que yo era la única señora o mamá, los demás eran hombres jóvenes, entre los dieciocho y los treinta años, bastante digamos gachos. Si iban a gastar en comprar esos monos, ¿no podrían gastar en unos zapatos, o de perdida en un desodorante? Antes de abrir la tienda dos señores de traje pasaron con una lista recorriendo la fila. Traían anotados los nombres de los amiboos y cuántos les habían llegado. Yo necesitaba a Lucina o Robin, quien sea que fueran. Ya no había y llamé al hijo quien me indicó cuál comprara; se lo dije al señor de traje y de dio una tirita de papel rosa mexicano con el nombre del personaje que podía yo adquirir. Había, por cierto, límite de amiboos a comprar por persona. Me sentía tan estúpida ahí formada entre esos tipos con patinetas y mochilas que llamaban por teléfono ordenando a otros fodongos que fueran a tal o cual Liverpool. Le dije al empleado trajeado: "oiga, si ponen un anuncio solicitando gente para empleo estos seguramente no vienen, ¿verdad?".
Todavía no era hora de abrir el almacén cuando nos fueron pasando por una puertita misteriosa a una caja donde te cobraban el mono y te lo daban y pa fuera. Yo me esperé a que abrieran y eché un ojo a los zapatos que estaban carísimos. Luego Diego me informó que los amiboos salen sólo una vez y que los que hacen la cola los revenden a los coleccionistas ganándose unos buenos pesos, Yo, que soy tan buena, no le cobré nada.
Y esta semana leí un libro llamado Wilt, de Tom Sharpe, y me pareció que le gustará mucho a mi hermanote con su humor negroso. Le preguntaré si lo ha leído. Y leí Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, y pensé en Fred, Ídem.
Y hartita ya del día de muertos que aún no llega pero Coyoacán se cree Janitzio. Menos mal que la educación es laica, porque les meten a los niños estas supersticiones cada año con más enjundia. Y más menos mal que este fin de semana es la Fórmula Uno aquí, que esposo entretenido vale por dos.
Mañana viene el maistro a pintar el techo de la cocina y a reparar la fuente del jardín, que el agua se sale y es el club acuático de los pájaros. Agárrenme confesada. Miss Oaxaca pierde el tiempo porque le hace la plática al albañil. Wish me luck.




sábado, 3 de octubre de 2015

He vuelto

¿Qué dijeron, esta se murió? Pues no. ¿Ya dejó las letras para pasársela pintarrajeando monigotes? Pues tampoco. ¿Ya se largó a una isla desierta y no nos dejó la dirección? Menos.
Resúltase ser que la vida da de vueltas, unas más rápidas y otras más lentas. Yo, que soy tan sabia, me adapto a esas volteretas y manchincuepas circenses, aunque me maree, me aguanto como las machas.
Pero al fin las cosas (y las vueltas) se van asentando y yo me desmareo con la misma técnica que usaba de pequeña: dando giros en sentido contrario. A que soy sabia, ¿eh?
Y a pesar de que los dolores sean los mismos, los amores sigan en pie, los odios no se apaguen, vuelve a salir el sol, vuelve a brillar la luna con su carota de campechana para recordarnos que aquí seguimos dando la batalla porque la rama, manque cruja, no se quebra.
Y me sigo apuntando a todos los desmadres a que gusten invitar.
Hoy vi un coche muy re bonito. Venía yo con mi madrecita -cada vez más ita porque se ha encogido por ser de antes de la época del sanforizado, creo- por la calle y lo vi. Me detuve a observarlo pasar: Ford 1936 Coupé, negro, brillante, hermoso. Brand new. ¿Por qué te gusta tanto ese automóvil?, me preguntarán mis fans, y yo respondo tan campante: es que el primer coche que compré con mi propio peculio fue uno de esos. Estaba sin llantas, en primer, y sobre una puerta tenía pintarrajeado "se vende completo". Entré pues, al taller en la colonia Roma Sur y me mostraron unas cajas con un fierrerío que obviamente no reconocía yo. Claro que mi carita de diecisiete años hacía expresiones de ah sí, claro, desde luego, como si supiera yo de mecánica automotriz siendo que no distinguía un cardán de unas aspas de licuadora. Total me amarchanté, pagué cuatro mil quinientos pesotes que había juntado no sé cómo y llegué a mi casa muy feliz a decirle a mi papá que me ayudara a recoger el coche que había comprado. El pobre hombre, con esa cara de resignación que me dedicaba tan a menudo, me llevó, vio la  bola de chatarra y de regreso me dijo: "¿Qué vas a hacer con la carcacha? Yo, extasiadísima le dije que pintarla de amarillo con unas flamas padrísimas, achaparrarlo de adelante y levantarlo de atrás.... pero me interrumpió: ¿Cuánto te costó? Le dije y me soltó cinco mil pesos agregando: "no vas a deformar ese coche, es un clásico, mejor yo lo arreglo para que quede original".
Sobra decir que se divirtió como enano, con trabajos porque era muy alto mi pá, y lo dejó divino, azul marino, como nuevo pidiéndole las partes faltantes a su hermano el Gûero a San Diego. Yo sufrí.
Pero aprendí la lección. No estropear las cosas bellas de la vida, al menos los autos clásicos.
Y así vuelvo a la vida, espero que de mi modelo sí haya refacciones.



domingo, 28 de septiembre de 2014

Naturaleza salvaje

La naturaleza, dicen, es sabia como yo. Pero a veces se azota.
Hace nueve días cayó en esta casa de flores y chuchos una granizada tipo bombardeo nazi que dejó el jardín hecho jirones. No avisó con lluvia sino que comenzó en seco, como las malas noticias, haciendo un ruidazo tal en los domos que la gatita y yo nos asustamos bastante. Yo corrí a preguntarle a Diego si había pedido "granos", porque desde muy pequeño demostró sus poderes al decir "ojalá caigan granos (granizo en lengua bebé)" y se dejaron caer al instante tantas canicas de hielo como esta vez. Me dijo que no y bajamos a la cocina para meter a las perras. La mensa de Chela estaba debajo del emparrado y yo le llamaba para que viniera pero le daba miedo. Al fin acudió a mis llamados angustiosos indignada bajo el apedreo y cerrando los ojos a cada golpe. Duró mucho rato y todo quedó blanco y encharcado. Salimos a comenzar el recuento de los daños y nos dimos cuenta de que el emparrado se había caído. Por poco le cae encima a la pobre Chela.
Al día siguiente fue descubrir que los rosales, el olivo, los aguacates, la higuera, estaban rasurados. Los tomates despachurrados, las ramitas tronchadas y las bolas amoratadas, golpeadas y abolladas. Lástima, les faltaba poco para madurar. Las flores aplastadas salvo los alcatraces que aún no abrían; la citronella cacariza, perforada como la Nochebuena; el huele de noche hecho papilla; los helechos ralos. El naranjo, el aguacate, el limón y los lichis aguantaron mejor, pero a las diez de la mañana aún había hielo entero. Llevo varios días sacando hojarasca y ramas gigantes del Gran brócoli y del Brocolilón que son los fresnos centenarios; las más secas irán a la estufa de hierro para el invierno de la pulquería. Me ayuda el señor esposo, porque en Oaxaca hubo un desmadre, o sea que a Miss Oaxaca y a la Sustituta (es que da susto, la pobre) se les enfermaron las progenitoras. Estoy segura que ha de haber alguna festividad zapoteca por aquellos lares, pero en fin.
Y agarré un resfrío gacho por salir a pisar el suelo congelado en chanclas. Ya se sabe que existe una extraña conexión entre los pies y la garganta, así es la anatomía humana de rara, Me dio dolor fantasma: me dolía justo donde me amputaron las amígdalas cuando tenía catorce años.
Pero resfriada y todo fui a la presentación del libro de la mamá de Ana, amiguísima de la preparatoria. Fue un acto muy amoroso, comelitoso y bebedoso entre buenas cuatitas que compramos el libro muy monas. Me apalabré con las de la editorial porque me sonaron bien. Luego me lo pensé porque dejaron bastantes faltas ortográficas, pero como yo, que soy tan mona, no uso corrector sino al contrario, corrijo, no me importaría mucho, a ver.
Y me embarqué en apoyar al profe de pintura con cuatro clases a la semana porque le van a operar. Como si no tuviera que hacer y justo ahora que me quedé desoaxacada. Pero nobleza obliga, el profe siempre ha sido muy bueno conmigo y le tiene harta paciencia a mi mamá que da dos pinceladas y pregunta qué estaba haciendo; da otras dos y vuelve a preguntar...ad infinitum. El otro día ya tenía hecho un suelo de barro muy lindo frente a una chimenea y se puso a embarrarlo de azul cobalto alegremente, le pregunté por qué y sólo me dijo: "no importa, ahorita se lo quito con un trapo". El alzheimer me la está volviendo surrealista.
Por otro laredo, al fin salió la colección de películas de ocho y dieciséis milímetros de mi papá que se donó a la Cineteca Nacional. Nos las entregaron en un DVD de formato súper computarizado e hicimos cinito con palomitas y todo. Pensé que iba a llorar por estar viendo a mi papá, a mis abuelitos, a mis tíos que ya no están, pero no. No sé si mi mamá aguante verlas porque sale mucho su padre y últimamente le ha dado por acordarse de él y anegar los ojitos... Salió un rollo que no recuerdo yo, no sé porqué lo tendría mi papa. Son tomas inéditas del dos de octubre de 1968 en Tlaltelolco. Es fuerte.
Sabiduría de la semana: cuando veas el jardín de tu vecino congelar pon el tuyo a tapar.