Nadie sabe realmente, cuando es pequeño, lo que será de grande. Algunos medio lo saben como por instinto, como esos hijos, nietos y bisnietos de notarios o de médicos a los que irán encamimando hacia la carrera familiar hasta que tomen el camino heredado sin pensar o se detengan antes de la gran decisión y digan que quieren hacer otra cosa, como ser bombero, beisbolista profesional "que tampoco habría que desperdiciar el brazo que tengo para las curvas" o que quieren poner un restaurante de mariscos estilo Sinaloa, para causarle a sus padres un infarto a él y un soponcio a ella.
Otros, la mayoría, soñamos despiertos y dormidos y nos vemos en un futuro como cirujanos cardiovasculares, pilotos de jets, cantantes famosos o aclamados escritores. Y nos vislumbramos viajando por todo el mundo pero no a costa de nuestros exprimidos padres o con una flatulenta beca de las girls scouts, sino patrocinados por las Universidades y Asociaciones más chidas. Y nos vemos en nuestra pequeña y blanca casita junto al mar desde donde trabajamos y estudiamos o con espacio reservado para poner nuestro carrazo en la Presidencia de la República.
Los hay más tradicionales: ellas soñando con un maridito, tres niños y un perro en una casita de los suburbios con jardín y garaje para dos autos; ellos con un buen trabajo, una linda esposa y un coche actualizado cada dos años.
Todos ellos trabajan para conseguir su deseo, estudian mientras trabajan y planean con vistas a lograr la meta trazada.
Y están los que entre sueño y sueño no se deciden y hasta se marean, y mejor dejan que el azar encamine su destino. De esos soy yo. Sé que voy y siempre he ido haciendo mis decisiones y elecciones al momento en que se presentan, sin buscarlas, sin planearlas, sin trabajarlas mucho. Pero está bien, no me devaneo el coco ni me angustio porque sé que jamás he pensado en cómo cruzar el río sino hasta que estoy pisando el puente, puente que siempre me sale al paso para atravesar justo a tiempo.
Y ahora que es hora de cruzar otro puente, he decidido de manera impetuosa como siempre que me dedicaré a la locura. A esa locura tan amada que me ha dado los mejores ratos de este rosario de momentos que es la vida. A esa locura sabia y subyacente que de repente hace ¡bam! y explota en mil colores y baila a todos los ritmos y canta en todos los tonos y pinta con todas las texturas. A esa locura que me define, me llama, me atrae y me encadena a una libertad particular. A esa locura que nada en todos los mares y flota en todos los rios y cae en todas las cascadas derramando su sabor.
Y espero que, esta vez, sí le haya yo atinado a lo que quiero ser de grande. Porque de verdad, si no estuviera tan loca, me volvería loca.
Todo listo para el cumpleaños de mi mamá. Se trabaja pero vale la pena, que sólo se cumplen los 80 una vez.
Siempre
domingo, 28 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Batallas festejosas
He ido, entre el año pasado y este, a más fiestas de 50 años que las que fui de 15 cuando era joven y bella (ahora sólo soy bella).
Y creo que por algo será: veo más festejables estos cincuentenarios que la quiceañerez tan pesada de las niñas. A esa edad a unas les da por querer parecer mujeres pequeñas y se pintarrajean la cara, o se cargan algún noviecillo hediondo que los papás, por solapones, tienen que llevar a todos lados. A otras les da por querer seguir siendo niñotas y se ven raras jugando canicas con brassier. La cosa es que ni unas ni otras se hallan. Además, ¿qué festejan que hayan logrado ellas mismas?
Y luego a esas niñas les pasa lo que no creían (o querían) que llegaría: crecen, maduran aunque sea sólo por fuera y pasan a formar parte de ese congomerado de la población que los hombres llaman "ellas" y ellas llaman "nosotras". No sé cómo les toque el ser mujer a las niñas de hoy, sé cómo me tocó a mí una época llena de contradicciones que nos llevaron del papel de mamá-ama de casa de nuestras madres al triple de mamá-trabajadora-casa. Con el agregado de que nuestras madres y abuelas no tenían la obligación de estar guapotas a pesar de sus edades y que ahora la sociedad nos lo exige: guapotas y sanotas. Antes era lógico que la abuelita de cincuenta y seis años tuviese el pelo ya blanco y que no se maquillara, tuviera cintura ni usara vestidos de moda.
Mi generación, como ha trabajado, cuando cumple los 50 decide que se merece festejarlo porque se lo ha ganado a madrazos. Se mira en el espejo y piensa que nunca creyó -cuando tenía 15- llegar a la madurez en tan buen estado, sin haber necesitado hojalatería, pintura ni cambio de motor. Y valga esto para ambos sexos. Pensamos al ver hacia atrás cómo nos fuimos ganando todo lo que tenemos: familia, amigos, satisfactores, y nos sentimos contentos del esfuerzo hecho, más si nos acordamos que la palabra "crisis" no es nueva para nosotros. Desde nuestros primeros trabajos oímos que "el país está en crisis" y sobrevivimos a las devaluaciones de los ochentas, la quiebra del horror de diciembre, las caídas del sistema, el gran terremoto del 85 y las gripes asiáticas. A pesar de todo eso no nos rajamos ni nos amilanamos y henos aquí, sonrientes y campechanotes.
Batalla de las cosas pequeñas: esta batalla es contradictoria, se trata de no batallar con las cosas pequeñas. Habiendo tanta vida, ¿para qué gastarme en tarugadas? Guardo mis mortificaciones y angustias para las cosas grandes, y ojalá nunca las tenga que usar. Mejor disfruto de la vida que debería ser como este mes, con dos puentes relajados.
Castings que me faltan: me falta el de los pinchos, chupitos y alcoholes en general. Ya tengo el de comida, mesas, loza y música. La fiesta de quinceaños ochenta de mi madre tiene que salir a todo dar.
A mi guitarra le faltan cuerdas, a mí me faltan las anginas. Pero me sobran kilos, para que vean que toda edad tiene sus compensaciones.
Sabiduría de hoy: que ruede el mundo, que pa eso es redondo. Yo me dedico a mis cosas, a mis gentitas y a pensar en las vacaciones de navidad, así seguro que llego a ella contenta.
Frase quincenal pa irla pensando: Tengo lo que necesito, pero, ¿necesito todo lo que tengo?
Y creo que por algo será: veo más festejables estos cincuentenarios que la quiceañerez tan pesada de las niñas. A esa edad a unas les da por querer parecer mujeres pequeñas y se pintarrajean la cara, o se cargan algún noviecillo hediondo que los papás, por solapones, tienen que llevar a todos lados. A otras les da por querer seguir siendo niñotas y se ven raras jugando canicas con brassier. La cosa es que ni unas ni otras se hallan. Además, ¿qué festejan que hayan logrado ellas mismas?
Y luego a esas niñas les pasa lo que no creían (o querían) que llegaría: crecen, maduran aunque sea sólo por fuera y pasan a formar parte de ese congomerado de la población que los hombres llaman "ellas" y ellas llaman "nosotras". No sé cómo les toque el ser mujer a las niñas de hoy, sé cómo me tocó a mí una época llena de contradicciones que nos llevaron del papel de mamá-ama de casa de nuestras madres al triple de mamá-trabajadora-casa. Con el agregado de que nuestras madres y abuelas no tenían la obligación de estar guapotas a pesar de sus edades y que ahora la sociedad nos lo exige: guapotas y sanotas. Antes era lógico que la abuelita de cincuenta y seis años tuviese el pelo ya blanco y que no se maquillara, tuviera cintura ni usara vestidos de moda.
Mi generación, como ha trabajado, cuando cumple los 50 decide que se merece festejarlo porque se lo ha ganado a madrazos. Se mira en el espejo y piensa que nunca creyó -cuando tenía 15- llegar a la madurez en tan buen estado, sin haber necesitado hojalatería, pintura ni cambio de motor. Y valga esto para ambos sexos. Pensamos al ver hacia atrás cómo nos fuimos ganando todo lo que tenemos: familia, amigos, satisfactores, y nos sentimos contentos del esfuerzo hecho, más si nos acordamos que la palabra "crisis" no es nueva para nosotros. Desde nuestros primeros trabajos oímos que "el país está en crisis" y sobrevivimos a las devaluaciones de los ochentas, la quiebra del horror de diciembre, las caídas del sistema, el gran terremoto del 85 y las gripes asiáticas. A pesar de todo eso no nos rajamos ni nos amilanamos y henos aquí, sonrientes y campechanotes.
Batalla de las cosas pequeñas: esta batalla es contradictoria, se trata de no batallar con las cosas pequeñas. Habiendo tanta vida, ¿para qué gastarme en tarugadas? Guardo mis mortificaciones y angustias para las cosas grandes, y ojalá nunca las tenga que usar. Mejor disfruto de la vida que debería ser como este mes, con dos puentes relajados.
Castings que me faltan: me falta el de los pinchos, chupitos y alcoholes en general. Ya tengo el de comida, mesas, loza y música. La fiesta de quinceaños ochenta de mi madre tiene que salir a todo dar.
A mi guitarra le faltan cuerdas, a mí me faltan las anginas. Pero me sobran kilos, para que vean que toda edad tiene sus compensaciones.
Sabiduría de hoy: que ruede el mundo, que pa eso es redondo. Yo me dedico a mis cosas, a mis gentitas y a pensar en las vacaciones de navidad, así seguro que llego a ella contenta.
Frase quincenal pa irla pensando: Tengo lo que necesito, pero, ¿necesito todo lo que tengo?
martes, 2 de noviembre de 2010
La batalla larga
Quedamos (quedé, pero los padres y los jefes dicen en plural, quedamos, para que los subordinados estén de acuerdo quieran o no) en que divido ahora mi vivir en batallas y no en periodos más o menos establecidos como meses, semanas o quincenas que dependen de la luna, el sol, la rotación de la tierra, el calendario gregoriano y los recibos del banco.
Así que este post (publicación, pues) tomó más de tres semanas -no puedo desafanarme de los tiempos tradicionales, ¿ven?- porque me aventé dos batallas grandes.
Batalla de la fabada: Primero conseguir morcilla decente que por acá es difícil, pero una es mujer de muchos recursos y tratándose del nene, ¡qué no hace una madre por sus hijos!, diría Da. Sara García. Hacer tres ollas restauranteras porque es el cumpleaños del hijo mayor y la tradición dicta preparar tan gustado plato. No es que vengan cien convidados, sino que cada uno come por cinco. Empujóselas con sidra asturiana y pan, y quedaron satisfechos y a reventar. Hasta los que estaban enfermos comieron harto y seguramente se curaron, ya no supe.
Batalla del trabajototote: Me cayó (del cielo aunque no lo crean) un trabajazo que me llevó tres semanas pero me alivianó la Navidad y los Reyes porque no debe ser una antimonárquica de a gratis aunque sea clienta de Santa Clos. Fue muy trabajosa esta batalla contra la química de los materiales y las biocompatibilidades con que hacen los catéteres para transportar embriones y hacer esas cosas que antes hacía _____ (Dios, la Naturaleza, el azar, a elegir) solito y que ahora se hace muy asépticamente en laboratorio tipo Un Mundo Feliz.
Tuvo el trabajote un lado esclarecedor: se pudo comer en esta casa casi sin cocinar. ¡Oh descubrimiento! Se simplifica la vida un poquín.
Y tuvo un lado práctico: amo a esa empresa, porque en lugar de hacerse del rogar con los pagos semanas y hasta meses, me pagan a la semana siguiente de que haya yo entregado. Yo lo calificaría de lado hermoso. Si todas las empresas fueran así la economía sería otra cosa.
Día de muertos y Jalogüin: Este año, por sobrecarga laboral, no hice fiesta de jalogüin. Lástima, ya será para el otro año, porque posada no haré, que me falta la fiesta de quinceaños ochenta de mi mamá y cae precisamente en las posadas. A ver si no caigo yo en las posaderas con tanta cosa. Pero un borlote es un borlote y no hay que dejar pasar la ocasión.
Castings del mes: estoy haciendo casting de paellas, para el mentado borlote: se sirve eso y ya, pan, bebidas, pastel. Ya probamos dos y va ganando una. Y es que no es cosa de esclavizar al pobre maridito a hacer una paellota para tanta gente: que se siente a tomar su trago y platicar agustito. Me falta el casting de mesas y sillas de alquiler, de vinos, mesero y recuerditos.
Noviembre ha entrado con su reguero de hojas de fresno, el Gran Brócoli luce descarado sus ramas ya casi desnudas y no va con el clima reinante: estoy en camiseta sin mangas y al rato me salgo al jardín a echarme en el sol para coger color.
Esperanza: si como siempre pasa a fines de sexenio sueltan lana, que salga la casa que estoy vendiendo. Al menos he recibido más llamadas aunque el precio los espanta.
Plan para estos días: Aparte de ir sacando los castings, hacer lo que he dejado por traducir: escribiré que tengo una pobre monja sin quehacer en una historia; ver a las amiguetas; comer chiles en nogada en casa de María; ir al café, a la librería, echarle ojo a un proyecto interesantillo (si le entro será batalla); seguir festejando a tanta gente que le ha dado por cumplir 50 años.
Sabiduría de estas batallas: A toda capillita le llega su fiestecita. Tranquilazos que siempre acaba por tocarnos algo bueno.
Así que este post (publicación, pues) tomó más de tres semanas -no puedo desafanarme de los tiempos tradicionales, ¿ven?- porque me aventé dos batallas grandes.
Batalla de la fabada: Primero conseguir morcilla decente que por acá es difícil, pero una es mujer de muchos recursos y tratándose del nene, ¡qué no hace una madre por sus hijos!, diría Da. Sara García. Hacer tres ollas restauranteras porque es el cumpleaños del hijo mayor y la tradición dicta preparar tan gustado plato. No es que vengan cien convidados, sino que cada uno come por cinco. Empujóselas con sidra asturiana y pan, y quedaron satisfechos y a reventar. Hasta los que estaban enfermos comieron harto y seguramente se curaron, ya no supe.
Batalla del trabajototote: Me cayó (del cielo aunque no lo crean) un trabajazo que me llevó tres semanas pero me alivianó la Navidad y los Reyes porque no debe ser una antimonárquica de a gratis aunque sea clienta de Santa Clos. Fue muy trabajosa esta batalla contra la química de los materiales y las biocompatibilidades con que hacen los catéteres para transportar embriones y hacer esas cosas que antes hacía _____ (Dios, la Naturaleza, el azar, a elegir) solito y que ahora se hace muy asépticamente en laboratorio tipo Un Mundo Feliz.
Tuvo el trabajote un lado esclarecedor: se pudo comer en esta casa casi sin cocinar. ¡Oh descubrimiento! Se simplifica la vida un poquín.
Y tuvo un lado práctico: amo a esa empresa, porque en lugar de hacerse del rogar con los pagos semanas y hasta meses, me pagan a la semana siguiente de que haya yo entregado. Yo lo calificaría de lado hermoso. Si todas las empresas fueran así la economía sería otra cosa.
Día de muertos y Jalogüin: Este año, por sobrecarga laboral, no hice fiesta de jalogüin. Lástima, ya será para el otro año, porque posada no haré, que me falta la fiesta de quinceaños ochenta de mi mamá y cae precisamente en las posadas. A ver si no caigo yo en las posaderas con tanta cosa. Pero un borlote es un borlote y no hay que dejar pasar la ocasión.
Castings del mes: estoy haciendo casting de paellas, para el mentado borlote: se sirve eso y ya, pan, bebidas, pastel. Ya probamos dos y va ganando una. Y es que no es cosa de esclavizar al pobre maridito a hacer una paellota para tanta gente: que se siente a tomar su trago y platicar agustito. Me falta el casting de mesas y sillas de alquiler, de vinos, mesero y recuerditos.
Noviembre ha entrado con su reguero de hojas de fresno, el Gran Brócoli luce descarado sus ramas ya casi desnudas y no va con el clima reinante: estoy en camiseta sin mangas y al rato me salgo al jardín a echarme en el sol para coger color.
Esperanza: si como siempre pasa a fines de sexenio sueltan lana, que salga la casa que estoy vendiendo. Al menos he recibido más llamadas aunque el precio los espanta.
Plan para estos días: Aparte de ir sacando los castings, hacer lo que he dejado por traducir: escribiré que tengo una pobre monja sin quehacer en una historia; ver a las amiguetas; comer chiles en nogada en casa de María; ir al café, a la librería, echarle ojo a un proyecto interesantillo (si le entro será batalla); seguir festejando a tanta gente que le ha dado por cumplir 50 años.
Sabiduría de estas batallas: A toda capillita le llega su fiestecita. Tranquilazos que siempre acaba por tocarnos algo bueno.
lunes, 11 de octubre de 2010
Batallas
Hace algún tiempo decidí, para fines prácticos y también blogueros, dividir mi vida en periodos quincenales o hebdomadarios y ya no dromedarios que duran más. Ha funcionado de alguna manera.
Sin embargo, últimamente he notado que cada día enfrento una batalla, grande, mediana o pequeña, y me pareció más justo y más claro dividir mi tiempo en batallas. No importa si alguna dura diez minutos y otra dos años. No puedo dividir en luchas ganadas y perdidas, porque todas las pienso ganar, simplemente las más difíciles durarán más porque yo no quitaré el dedo del renglón y, como decía Javier el mozo de mi papá, le "necearé". No hay peor lucha que Lucha Villa.
Agencia Nissan o Batalla de Okinawa: Dejo mi camioneta para que me den un presupuesto de frenos, a ver si se necesitan balatas y rectificación de discos y cuánto me costaría. Me llaman, me dan un precio estratosférico y no lo autorizo; voy por mi vehículo. Me salen con que ajustaron frenos y cambiaron líquido. Me monto en mis trece (¿caballos, motos, bicicletas?) y desfilan ante mí varios tipos en bata en orden laboral ascendente hasta llegar al gerente General, que era Cabo y va que chuta. Yo, que soy tan mona, jamás pierdo la paciencia y les explico que yo no pedí eso, que si se lo hicieron sin mi autorización pues muchas gracias, pero no lo pagaría. Una sonriente y tranquila yo les dice que con gusto pagará las grapas que faltaban en unos hules pero de frenos nada, porque solamente pedí presupuesto. Me dicen que para ver los frenos tuvieron que limpiarlos... sí, les digo, con un trapito, si quiere cóbremelo, pero no se necesita cambiar fluído ni ajustar para ver. Me quieren, agrego, cobrar un diagnóstico como si me lo hubera hecho del Dr. House, y una banda del alternador como si fuera la del Recodo o la de Gleen Miller. Hora y cuarto después gané la batalla. Por cansancio, tal vez, pero terminó en "cóbrenle a la señora sólo lo que pidió".
Dice el marido que sí cambiaron el fluído pero que no ajustaron los frenos, porque la palanca del freno de mano estaría dura. Él sabrá, se cree que los hombres nacen sabiendo esas cosas así como una nace sabiendo freir patatas y cambiar pañales cagados.
Batalla del casting de albañil: Más rápido que un tren hice mi casting de albañiles y contraté al que ganó. Estoy, por tanto, con muebles arrimados y cubiertos de sábanas. Para no pensar que está la casa hecha un asco, me imagino que es la residencia de verano de Sir Loin Steak una vez que este se va a Londres y los criados cubren todo. Esta batalla está a medias, sigo comprando armas (cemento, yeso, pintura, blanco de zinc...) y defendiendo el frente.
Próxima batalla: El asunto del agua, estelarizando en el papel del enemigo en Gobierno (?) del D.F.
Sabiduría de la quincena: La lucha es mucha pero hay que ponerse trucha.
Mantra sabio a repetir: "Yo no pedí eso, yo no pedí eso, yo no pedí eso..." Como ya vimos, es útil para batear proveedores encajosos, pero también sirve cuando la vida nos da cosas que no pedimos, o sea, todos los días.
Cursilería que se me escapó pero que es verdad: amo a mis hijos. Son un par de soles.
Sin embargo, últimamente he notado que cada día enfrento una batalla, grande, mediana o pequeña, y me pareció más justo y más claro dividir mi tiempo en batallas. No importa si alguna dura diez minutos y otra dos años. No puedo dividir en luchas ganadas y perdidas, porque todas las pienso ganar, simplemente las más difíciles durarán más porque yo no quitaré el dedo del renglón y, como decía Javier el mozo de mi papá, le "necearé". No hay peor lucha que Lucha Villa.
Agencia Nissan o Batalla de Okinawa: Dejo mi camioneta para que me den un presupuesto de frenos, a ver si se necesitan balatas y rectificación de discos y cuánto me costaría. Me llaman, me dan un precio estratosférico y no lo autorizo; voy por mi vehículo. Me salen con que ajustaron frenos y cambiaron líquido. Me monto en mis trece (¿caballos, motos, bicicletas?) y desfilan ante mí varios tipos en bata en orden laboral ascendente hasta llegar al gerente General, que era Cabo y va que chuta. Yo, que soy tan mona, jamás pierdo la paciencia y les explico que yo no pedí eso, que si se lo hicieron sin mi autorización pues muchas gracias, pero no lo pagaría. Una sonriente y tranquila yo les dice que con gusto pagará las grapas que faltaban en unos hules pero de frenos nada, porque solamente pedí presupuesto. Me dicen que para ver los frenos tuvieron que limpiarlos... sí, les digo, con un trapito, si quiere cóbremelo, pero no se necesita cambiar fluído ni ajustar para ver. Me quieren, agrego, cobrar un diagnóstico como si me lo hubera hecho del Dr. House, y una banda del alternador como si fuera la del Recodo o la de Gleen Miller. Hora y cuarto después gané la batalla. Por cansancio, tal vez, pero terminó en "cóbrenle a la señora sólo lo que pidió".
Dice el marido que sí cambiaron el fluído pero que no ajustaron los frenos, porque la palanca del freno de mano estaría dura. Él sabrá, se cree que los hombres nacen sabiendo esas cosas así como una nace sabiendo freir patatas y cambiar pañales cagados.
Batalla del casting de albañil: Más rápido que un tren hice mi casting de albañiles y contraté al que ganó. Estoy, por tanto, con muebles arrimados y cubiertos de sábanas. Para no pensar que está la casa hecha un asco, me imagino que es la residencia de verano de Sir Loin Steak una vez que este se va a Londres y los criados cubren todo. Esta batalla está a medias, sigo comprando armas (cemento, yeso, pintura, blanco de zinc...) y defendiendo el frente.
Próxima batalla: El asunto del agua, estelarizando en el papel del enemigo en Gobierno (?) del D.F.
Sabiduría de la quincena: La lucha es mucha pero hay que ponerse trucha.
Mantra sabio a repetir: "Yo no pedí eso, yo no pedí eso, yo no pedí eso..." Como ya vimos, es útil para batear proveedores encajosos, pero también sirve cuando la vida nos da cosas que no pedimos, o sea, todos los días.
Cursilería que se me escapó pero que es verdad: amo a mis hijos. Son un par de soles.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Por lo visto ha de ser todo lo mío algo excepcional: mis goces, mis penas y hasta el menor suceso de mi vida, de esos que nadie ve más que yo. No quiere decir esto que lo inverosímil sea mi única especialidad, pero tal vez por ser lo que más me atrae es lo que más me llega. El tiempo transcurre para mí como para el minutero de algunos relojes de esos grandotes que hay en las torres antiguas: durante cincuenta y nueve segundos se mantiene inmóvil y de pronto salta sin transición al minuto siguiente con una sacudida, un salto, como si se hubiera dado cuenta de repente de los segundos perdidos. Igualito que yo, que soy tan mona, que de sopetón me doy cuenta de que ha pasado el tiempo y llevo dos horas en la misma página. Ni siquiera doyme cuenta de en qué invertí ese lapso.
Por eso tampoco me especializo en inversiones.
Ahora, aclaro al decir que lo mío es excepcional, me restrinjo a la manera en que yo lo veo, lo percibo, y en cómo las personas reaccionan cuando les cuento lo que hice, lo que me ha pasado y lo que he visto. Unas se ríen mucho, otras simplemente no me creen. Por tanto el problema no está en mí sino en los demás, como siempre suele suceder.
Intenté pintar, junto con mi maridín, la verja del garage. Él las partes altas que para eso se casa una con un tío alto y yo de donde alcanzo estirándome hasta el suelo. Resultado: una mierda. Conste que he pintado infinidad de superficies con todo tipo de pinturas (vinílicas, de agua, de aceite, de thinner..). Compré eligiendo del muestrario de la marca Comex, que es de la que siempre compra uno y que se supone tiene cierta calidad, una pintura esmalte medio metálica en color café, cuyo resultado se anunciaba entre cobre oscuro-óxido-viejo. Calculé la cantidad de acuerdo a los metros cuadrados de metal a pintar; obtuve las brochas y el solvente adecuado; coloqué plástico y periódicos para no ensuciar. Pusimos la primera mano y quedó una birria.... se veía opaca, como primer, francamente fea. Dejamos secar toda la noche a ver si amacoyaba. Intentamos la segunda mano para tapar lo verde anterior que aún se transparentaba y para emparejar, lo cual es normal, y quedó peor. Desperdicio de tiempo, dinero y esfuerzo. Y para eso me quedaron las manos cobrizadas como zapatito de esos que cuelgan de los espejos retrovisores en los taxis de Acapulco.
Ahora he de esperar a conseguir un maistro decente y que quiera trabajar, que necesito uno urgentemente para unos remiendos de plastería y embarres. Eso sí, una vez entrando háganse a un lado porque ahí les va el tren y mientras se arreglan sus cuartos, acampen en el jardín. (Alquilo tiendas de campaña y lámparas Coleman).
Es más fácil hallarse un esposo que un albañil, de verdad, y que me perdonen las quedadas, quedando claro que no hablo de cantidad sino de calidad.
Mientras, mi portón será el hazmerreir de la calle.
El Sprint anual va viento en popa. Voy llenando cuadritos de mi planograma, tachando cosas ya listas y delegando lo poco, cuasi nada, que se puede.
Por eso tampoco me especializo en inversiones.
Ahora, aclaro al decir que lo mío es excepcional, me restrinjo a la manera en que yo lo veo, lo percibo, y en cómo las personas reaccionan cuando les cuento lo que hice, lo que me ha pasado y lo que he visto. Unas se ríen mucho, otras simplemente no me creen. Por tanto el problema no está en mí sino en los demás, como siempre suele suceder.
Intenté pintar, junto con mi maridín, la verja del garage. Él las partes altas que para eso se casa una con un tío alto y yo de donde alcanzo estirándome hasta el suelo. Resultado: una mierda. Conste que he pintado infinidad de superficies con todo tipo de pinturas (vinílicas, de agua, de aceite, de thinner..). Compré eligiendo del muestrario de la marca Comex, que es de la que siempre compra uno y que se supone tiene cierta calidad, una pintura esmalte medio metálica en color café, cuyo resultado se anunciaba entre cobre oscuro-óxido-viejo. Calculé la cantidad de acuerdo a los metros cuadrados de metal a pintar; obtuve las brochas y el solvente adecuado; coloqué plástico y periódicos para no ensuciar. Pusimos la primera mano y quedó una birria.... se veía opaca, como primer, francamente fea. Dejamos secar toda la noche a ver si amacoyaba. Intentamos la segunda mano para tapar lo verde anterior que aún se transparentaba y para emparejar, lo cual es normal, y quedó peor. Desperdicio de tiempo, dinero y esfuerzo. Y para eso me quedaron las manos cobrizadas como zapatito de esos que cuelgan de los espejos retrovisores en los taxis de Acapulco.
Ahora he de esperar a conseguir un maistro decente y que quiera trabajar, que necesito uno urgentemente para unos remiendos de plastería y embarres. Eso sí, una vez entrando háganse a un lado porque ahí les va el tren y mientras se arreglan sus cuartos, acampen en el jardín. (Alquilo tiendas de campaña y lámparas Coleman).
Es más fácil hallarse un esposo que un albañil, de verdad, y que me perdonen las quedadas, quedando claro que no hablo de cantidad sino de calidad.
Mientras, mi portón será el hazmerreir de la calle.
El Sprint anual va viento en popa. Voy llenando cuadritos de mi planograma, tachando cosas ya listas y delegando lo poco, cuasi nada, que se puede.
lunes, 13 de septiembre de 2010
A veces es sano y siempre es bueno ir a algún lugar hermoso y, si es uno que amamos, más.
A veces es gratificante andar por calles y plazas por las que se anduvo hace muchos años, siendo una niña, de mano de papá y correteando con los hermanitos y los primos; ver las mismas cosas con otros ojos, los mismos pero más llenos ya; tal vez menos abiertos al asombro pero más educados en la observación y con el filtro del recuerdo.
A veces es necesario escaparse a esos pueblos, esos lagos y bosques, esas playas y llanuras, para recordar que tenemos un país del cual tal vez muchas cosas no nos gusten, pero que es el nuestro y ver su belleza. Es el lugar donde nos hablan de tú, donde entendemos los modismos, los arcaísmos y hasta los albures. Es nuestra casa.
Así nos damos cuenta de que las cosas que no nos agradan, que nos lastiman, no son parte del país sino del gobierno, dos conceptos que tendemos a homogeneizar y que es preciso separar en nuestra mente y en nuestros ojitos tapatíos.
Por eso me fui a Pátzcuaro y en cuanto pueda me vuelvo a ir.
Porque yéndome físicamente me alejo también emocionalmente de las realidades que tengo que estar viendo y soportando. Me llevo en mi equipaje, aparte de calzones limpios, mi amor y mi cuaderno; mi cámara y mis ojos; mis oídos y mi voz.
Y vuelve una con la vista renovada y venga a poner un pedazo de provincia en casa.
Y vuelve una ya planeando la que sigue, así, corta, sin necesidad de muchos días ni de mucho dinero, para tener a qué agarrarse cuando la vida no nos sonría mucho o de plano nos haga jetas.
Nada más se me quite esta bronquitis y pasen las Fiestas Patrias, que aquí en en pueblo dan mucha lata y durante las cuales no se puede salir porque es puente largo y todo, carreteras, hoteles, está retacado, me voy. He dicho. Esos días seguiré en la gran pintada de la verja y de alguna que otra pared. Se aceptan voluntarios, yo pongo la comida. Anotarse en comentarios, de uno por uno por favor.
Consejo gratis: No por mucho gritar "¡Viva México!" México vivirá, ponerse manos a la obra.
A veces es gratificante andar por calles y plazas por las que se anduvo hace muchos años, siendo una niña, de mano de papá y correteando con los hermanitos y los primos; ver las mismas cosas con otros ojos, los mismos pero más llenos ya; tal vez menos abiertos al asombro pero más educados en la observación y con el filtro del recuerdo.
A veces es necesario escaparse a esos pueblos, esos lagos y bosques, esas playas y llanuras, para recordar que tenemos un país del cual tal vez muchas cosas no nos gusten, pero que es el nuestro y ver su belleza. Es el lugar donde nos hablan de tú, donde entendemos los modismos, los arcaísmos y hasta los albures. Es nuestra casa.
Así nos damos cuenta de que las cosas que no nos agradan, que nos lastiman, no son parte del país sino del gobierno, dos conceptos que tendemos a homogeneizar y que es preciso separar en nuestra mente y en nuestros ojitos tapatíos.
Por eso me fui a Pátzcuaro y en cuanto pueda me vuelvo a ir.
Porque yéndome físicamente me alejo también emocionalmente de las realidades que tengo que estar viendo y soportando. Me llevo en mi equipaje, aparte de calzones limpios, mi amor y mi cuaderno; mi cámara y mis ojos; mis oídos y mi voz.
Y vuelve una con la vista renovada y venga a poner un pedazo de provincia en casa.
Y vuelve una ya planeando la que sigue, así, corta, sin necesidad de muchos días ni de mucho dinero, para tener a qué agarrarse cuando la vida no nos sonría mucho o de plano nos haga jetas.
Nada más se me quite esta bronquitis y pasen las Fiestas Patrias, que aquí en en pueblo dan mucha lata y durante las cuales no se puede salir porque es puente largo y todo, carreteras, hoteles, está retacado, me voy. He dicho. Esos días seguiré en la gran pintada de la verja y de alguna que otra pared. Se aceptan voluntarios, yo pongo la comida. Anotarse en comentarios, de uno por uno por favor.
Consejo gratis: No por mucho gritar "¡Viva México!" México vivirá, ponerse manos a la obra.
lunes, 30 de agosto de 2010
Sprint
Las mañanas se antojan primaverales, con flores y el pasto mojado; los mediodías veraniegos porque sube la temperatura; las tardes otoñales porque el viento es muy fresco y llueve sobe hojas caídas, y las noches, algunas, se han presentado frías casi casi navideñas. Este muestrario diario de climas es divertido aunque tiene sus problemas si dependemos de sus caprichitos. Es un saca perico mete perico vuelve a sacar que pa qué les cuento.
Es que pasado mañana comienza septiembre y con ello la carrera del final del año, el sprint anual como quien dice. Los muchachos ya en la escuela, comenzar, si una es organizada, a planear las festividades, a saber:
Ir a Morelia a principios del mes (palomita).
Ir a Puebla a una carrera de coches (palomita), lo cual es muy relativo porque si se creen que me iré al autódromo en lugar de ir a ver cómo quedó el Museo Bello y a comer chiles en nogada, van que chutan. Pero acompaño, cómo no, voy de chilebolita como siempre.
El 15 de septiembre, que este año no es cualquiera sino que es el superhiperarchimentadísimo bicentenario. Todo ha adoptado ese nombre: calles, puentes, fuentes, libros, programas, revistas. Creo que ya sacaron el brasier bicentenario, de la marca Chichén Itzbrá, que es de fibra de henequén planchado y que viene solamente en tallas grandes. O me uno al reventón o me meto al sótano huyendo del desmadre que armarán en este mi pueblo. Me lo estoy pensando porque no tengo sótano.
El octagésimo cumpleaños de mi santa madrecita, que se anuncia con bombo y platillo para diciembre. Ya estudio los menús porque los invitados (sorpresa para ella) son de su rodada y no hay que abusar de sus delicadas digestiones.
Los regaletes navideños, para los cuales hay que ir apartando parte del estipendio o ir echando ojo en las tiendas y tiraderos locales con la mente abierta por si descubrimos esa cosa rara que le gustará tanto al hermano, al esposito, al nene. Esto de ser Santaclós no deja, dicho está.
La salida de vacaciones, que este año nos toca Navidad aquí y paseo para el año nuevo, al contrario del año pasado. Si deja uno todo para el último no encuentra hotel ni con veladora.
Pero primero, primero y antes que nada, vivir, que no tenemos la vida comprada ni alquilada, mucho menos garantizada. Si acaso la tenemos homogeneizada y pasteurizada, y más en este país tan raro. Yo la voy blindando contra abusos, encajes y molestias innecesarias aplicando el simple uso de la palabra monosilábica "no". Claro que se puede suavizar con el buffer "gracias", para que quede muy monamente: "no, gracias", con una sonrisa; o con el utilísimo "puedo", "no puedo", así, sin inventar pretextos. Ya para ser más fuertes, porque se necesita valor, usamos el "no quiero", a riesgo, claro, de herir sentimientos: "no quiero ir a tu desayuno (comida, fiesta, reunión, exposición) y nos ahorramos el tener que inventar unos novelones del tipo "es que juuuuuustoooo ese día se casa mi prima Sinforosa la de Cucamonga".
Sabiduría gratis: Con tantas películas por ver, libros por leer, lugares a los que ir, pongámonos en acción o se nos acaba el tiempo; aunque digan que hay más tiempo que vida hay que hacer las cosas en nuestro tiempo de vida, que después nadie sabe nadie supo. Usemos el no, sí sirve, para sacudirnos quitatiempos.
Nos vemos antes del bicentenario, si sobrevivimos.
Es que pasado mañana comienza septiembre y con ello la carrera del final del año, el sprint anual como quien dice. Los muchachos ya en la escuela, comenzar, si una es organizada, a planear las festividades, a saber:
Ir a Morelia a principios del mes (palomita).
Ir a Puebla a una carrera de coches (palomita), lo cual es muy relativo porque si se creen que me iré al autódromo en lugar de ir a ver cómo quedó el Museo Bello y a comer chiles en nogada, van que chutan. Pero acompaño, cómo no, voy de chilebolita como siempre.
El 15 de septiembre, que este año no es cualquiera sino que es el superhiperarchimentadísimo bicentenario. Todo ha adoptado ese nombre: calles, puentes, fuentes, libros, programas, revistas. Creo que ya sacaron el brasier bicentenario, de la marca Chichén Itzbrá, que es de fibra de henequén planchado y que viene solamente en tallas grandes. O me uno al reventón o me meto al sótano huyendo del desmadre que armarán en este mi pueblo. Me lo estoy pensando porque no tengo sótano.
El octagésimo cumpleaños de mi santa madrecita, que se anuncia con bombo y platillo para diciembre. Ya estudio los menús porque los invitados (sorpresa para ella) son de su rodada y no hay que abusar de sus delicadas digestiones.
Los regaletes navideños, para los cuales hay que ir apartando parte del estipendio o ir echando ojo en las tiendas y tiraderos locales con la mente abierta por si descubrimos esa cosa rara que le gustará tanto al hermano, al esposito, al nene. Esto de ser Santaclós no deja, dicho está.
La salida de vacaciones, que este año nos toca Navidad aquí y paseo para el año nuevo, al contrario del año pasado. Si deja uno todo para el último no encuentra hotel ni con veladora.
Pero primero, primero y antes que nada, vivir, que no tenemos la vida comprada ni alquilada, mucho menos garantizada. Si acaso la tenemos homogeneizada y pasteurizada, y más en este país tan raro. Yo la voy blindando contra abusos, encajes y molestias innecesarias aplicando el simple uso de la palabra monosilábica "no". Claro que se puede suavizar con el buffer "gracias", para que quede muy monamente: "no, gracias", con una sonrisa; o con el utilísimo "puedo", "no puedo", así, sin inventar pretextos. Ya para ser más fuertes, porque se necesita valor, usamos el "no quiero", a riesgo, claro, de herir sentimientos: "no quiero ir a tu desayuno (comida, fiesta, reunión, exposición) y nos ahorramos el tener que inventar unos novelones del tipo "es que juuuuuustoooo ese día se casa mi prima Sinforosa la de Cucamonga".
Sabiduría gratis: Con tantas películas por ver, libros por leer, lugares a los que ir, pongámonos en acción o se nos acaba el tiempo; aunque digan que hay más tiempo que vida hay que hacer las cosas en nuestro tiempo de vida, que después nadie sabe nadie supo. Usemos el no, sí sirve, para sacudirnos quitatiempos.
Nos vemos antes del bicentenario, si sobrevivimos.
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