Siempre

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jueves, 29 de octubre de 2015

Los amiboos yuna santa madre

Un día Dieguito, el más pequeño de mis hijos, me preguntó: "¿Qué vas a hacer mañana?". Yo, que soy tan sabia y que tras de chorrocientos años de casada he aprendido que detrás de esa pregunta vienen encargos sin importar lo que tenga una qué hacer ese mañana, quise saber por qué preguntaba. A ver si puedes ir a Liverpool a la hora que abren -me dijo candoroso. Eso es a las once, a media mañana -respondí azorosa. Es que salen unos amiboos nuevos y yo no me puedo salir del trabajo para ir a comprarlos -aclaró ruboroso. ¿Qué son esas cosas? -pregunté suspicaz.
Resulta que los amiboos son unos monigotes o figuritas de personajes de los videojuegos que de alguna manera, vía chip, cordón umbilical o telepatía, se conectan al juego cuando les ponen encima de una cosa. Se meten a la pantalla y participan de la acción como personaje. Le hice bastante ad-misericordiam al hijo, para que vea que nomás porque soy una santa iría. Me dio un buen billete para el efecto y fui apercibida de que tenía que ser a la hora de abrir o se acaban. O sea como si fueran birotes. Llegué al susodicho almacén previa estacionada en el mall y salí a la calle por una escalerita como de personal. Vi una cola de gente y me imaginé que ahí era. Al último de la fila le pregunté si era para los monitos y me dijo que sí aunque creo que se ofendió porque llamé así a sus amados amiboos, Me di cuenta de que yo era la única señora o mamá, los demás eran hombres jóvenes, entre los dieciocho y los treinta años, bastante digamos gachos. Si iban a gastar en comprar esos monos, ¿no podrían gastar en unos zapatos, o de perdida en un desodorante? Antes de abrir la tienda dos señores de traje pasaron con una lista recorriendo la fila. Traían anotados los nombres de los amiboos y cuántos les habían llegado. Yo necesitaba a Lucina o Robin, quien sea que fueran. Ya no había y llamé al hijo quien me indicó cuál comprara; se lo dije al señor de traje y de dio una tirita de papel rosa mexicano con el nombre del personaje que podía yo adquirir. Había, por cierto, límite de amiboos a comprar por persona. Me sentía tan estúpida ahí formada entre esos tipos con patinetas y mochilas que llamaban por teléfono ordenando a otros fodongos que fueran a tal o cual Liverpool. Le dije al empleado trajeado: "oiga, si ponen un anuncio solicitando gente para empleo estos seguramente no vienen, ¿verdad?".
Todavía no era hora de abrir el almacén cuando nos fueron pasando por una puertita misteriosa a una caja donde te cobraban el mono y te lo daban y pa fuera. Yo me esperé a que abrieran y eché un ojo a los zapatos que estaban carísimos. Luego Diego me informó que los amiboos salen sólo una vez y que los que hacen la cola los revenden a los coleccionistas ganándose unos buenos pesos, Yo, que soy tan buena, no le cobré nada.
Y esta semana leí un libro llamado Wilt, de Tom Sharpe, y me pareció que le gustará mucho a mi hermanote con su humor negroso. Le preguntaré si lo ha leído. Y leí Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, y pensé en Fred, Ídem.
Y hartita ya del día de muertos que aún no llega pero Coyoacán se cree Janitzio. Menos mal que la educación es laica, porque les meten a los niños estas supersticiones cada año con más enjundia. Y más menos mal que este fin de semana es la Fórmula Uno aquí, que esposo entretenido vale por dos.
Mañana viene el maistro a pintar el techo de la cocina y a reparar la fuente del jardín, que el agua se sale y es el club acuático de los pájaros. Agárrenme confesada. Miss Oaxaca pierde el tiempo porque le hace la plática al albañil. Wish me luck.




sábado, 3 de octubre de 2015

He vuelto

¿Qué dijeron, esta se murió? Pues no. ¿Ya dejó las letras para pasársela pintarrajeando monigotes? Pues tampoco. ¿Ya se largó a una isla desierta y no nos dejó la dirección? Menos.
Resúltase ser que la vida da de vueltas, unas más rápidas y otras más lentas. Yo, que soy tan sabia, me adapto a esas volteretas y manchincuepas circenses, aunque me maree, me aguanto como las machas.
Pero al fin las cosas (y las vueltas) se van asentando y yo me desmareo con la misma técnica que usaba de pequeña: dando giros en sentido contrario. A que soy sabia, ¿eh?
Y a pesar de que los dolores sean los mismos, los amores sigan en pie, los odios no se apaguen, vuelve a salir el sol, vuelve a brillar la luna con su carota de campechana para recordarnos que aquí seguimos dando la batalla porque la rama, manque cruja, no se quebra.
Y me sigo apuntando a todos los desmadres a que gusten invitar.
Hoy vi un coche muy re bonito. Venía yo con mi madrecita -cada vez más ita porque se ha encogido por ser de antes de la época del sanforizado, creo- por la calle y lo vi. Me detuve a observarlo pasar: Ford 1936 Coupé, negro, brillante, hermoso. Brand new. ¿Por qué te gusta tanto ese automóvil?, me preguntarán mis fans, y yo respondo tan campante: es que el primer coche que compré con mi propio peculio fue uno de esos. Estaba sin llantas, en primer, y sobre una puerta tenía pintarrajeado "se vende completo". Entré pues, al taller en la colonia Roma Sur y me mostraron unas cajas con un fierrerío que obviamente no reconocía yo. Claro que mi carita de diecisiete años hacía expresiones de ah sí, claro, desde luego, como si supiera yo de mecánica automotriz siendo que no distinguía un cardán de unas aspas de licuadora. Total me amarchanté, pagué cuatro mil quinientos pesotes que había juntado no sé cómo y llegué a mi casa muy feliz a decirle a mi papá que me ayudara a recoger el coche que había comprado. El pobre hombre, con esa cara de resignación que me dedicaba tan a menudo, me llevó, vio la  bola de chatarra y de regreso me dijo: "¿Qué vas a hacer con la carcacha? Yo, extasiadísima le dije que pintarla de amarillo con unas flamas padrísimas, achaparrarlo de adelante y levantarlo de atrás.... pero me interrumpió: ¿Cuánto te costó? Le dije y me soltó cinco mil pesos agregando: "no vas a deformar ese coche, es un clásico, mejor yo lo arreglo para que quede original".
Sobra decir que se divirtió como enano, con trabajos porque era muy alto mi pá, y lo dejó divino, azul marino, como nuevo pidiéndole las partes faltantes a su hermano el Gûero a San Diego. Yo sufrí.
Pero aprendí la lección. No estropear las cosas bellas de la vida, al menos los autos clásicos.
Y así vuelvo a la vida, espero que de mi modelo sí haya refacciones.



domingo, 28 de septiembre de 2014

Naturaleza salvaje

La naturaleza, dicen, es sabia como yo. Pero a veces se azota.
Hace nueve días cayó en esta casa de flores y chuchos una granizada tipo bombardeo nazi que dejó el jardín hecho jirones. No avisó con lluvia sino que comenzó en seco, como las malas noticias, haciendo un ruidazo tal en los domos que la gatita y yo nos asustamos bastante. Yo corrí a preguntarle a Diego si había pedido "granos", porque desde muy pequeño demostró sus poderes al decir "ojalá caigan granos (granizo en lengua bebé)" y se dejaron caer al instante tantas canicas de hielo como esta vez. Me dijo que no y bajamos a la cocina para meter a las perras. La mensa de Chela estaba debajo del emparrado y yo le llamaba para que viniera pero le daba miedo. Al fin acudió a mis llamados angustiosos indignada bajo el apedreo y cerrando los ojos a cada golpe. Duró mucho rato y todo quedó blanco y encharcado. Salimos a comenzar el recuento de los daños y nos dimos cuenta de que el emparrado se había caído. Por poco le cae encima a la pobre Chela.
Al día siguiente fue descubrir que los rosales, el olivo, los aguacates, la higuera, estaban rasurados. Los tomates despachurrados, las ramitas tronchadas y las bolas amoratadas, golpeadas y abolladas. Lástima, les faltaba poco para madurar. Las flores aplastadas salvo los alcatraces que aún no abrían; la citronella cacariza, perforada como la Nochebuena; el huele de noche hecho papilla; los helechos ralos. El naranjo, el aguacate, el limón y los lichis aguantaron mejor, pero a las diez de la mañana aún había hielo entero. Llevo varios días sacando hojarasca y ramas gigantes del Gran brócoli y del Brocolilón que son los fresnos centenarios; las más secas irán a la estufa de hierro para el invierno de la pulquería. Me ayuda el señor esposo, porque en Oaxaca hubo un desmadre, o sea que a Miss Oaxaca y a la Sustituta (es que da susto, la pobre) se les enfermaron las progenitoras. Estoy segura que ha de haber alguna festividad zapoteca por aquellos lares, pero en fin.
Y agarré un resfrío gacho por salir a pisar el suelo congelado en chanclas. Ya se sabe que existe una extraña conexión entre los pies y la garganta, así es la anatomía humana de rara, Me dio dolor fantasma: me dolía justo donde me amputaron las amígdalas cuando tenía catorce años.
Pero resfriada y todo fui a la presentación del libro de la mamá de Ana, amiguísima de la preparatoria. Fue un acto muy amoroso, comelitoso y bebedoso entre buenas cuatitas que compramos el libro muy monas. Me apalabré con las de la editorial porque me sonaron bien. Luego me lo pensé porque dejaron bastantes faltas ortográficas, pero como yo, que soy tan mona, no uso corrector sino al contrario, corrijo, no me importaría mucho, a ver.
Y me embarqué en apoyar al profe de pintura con cuatro clases a la semana porque le van a operar. Como si no tuviera que hacer y justo ahora que me quedé desoaxacada. Pero nobleza obliga, el profe siempre ha sido muy bueno conmigo y le tiene harta paciencia a mi mamá que da dos pinceladas y pregunta qué estaba haciendo; da otras dos y vuelve a preguntar...ad infinitum. El otro día ya tenía hecho un suelo de barro muy lindo frente a una chimenea y se puso a embarrarlo de azul cobalto alegremente, le pregunté por qué y sólo me dijo: "no importa, ahorita se lo quito con un trapo". El alzheimer me la está volviendo surrealista.
Por otro laredo, al fin salió la colección de películas de ocho y dieciséis milímetros de mi papá que se donó a la Cineteca Nacional. Nos las entregaron en un DVD de formato súper computarizado e hicimos cinito con palomitas y todo. Pensé que iba a llorar por estar viendo a mi papá, a mis abuelitos, a mis tíos que ya no están, pero no. No sé si mi mamá aguante verlas porque sale mucho su padre y últimamente le ha dado por acordarse de él y anegar los ojitos... Salió un rollo que no recuerdo yo, no sé porqué lo tendría mi papa. Son tomas inéditas del dos de octubre de 1968 en Tlaltelolco. Es fuerte.
Sabiduría de la semana: cuando veas el jardín de tu vecino congelar pon el tuyo a tapar.

lunes, 25 de agosto de 2014

¿Seré?

A ver si después de tantos años de presumir de ser tan mona va a resultar que no lo soy tanto. Mira que abandonar tantas cosas, entre ellas este humilde, sencillo pero honradísimo blog.
Las actualidades van surtidas, como las tallas de los calzones. Desde un viaje con amigas, en plan viva la Pepa, a Huamantla, Tlaxcala, donde estuvimos en la hacienda de una compañera del colegio y donde tuve, por tres días, catorce años. Fue treparme a los árboles a comer ciruelas de diferentes clases; fue disfrutar de un ataque de risa imparable a la una de la mañana; fue subirme a escondidas al coro de la capilla y cantar el Ave María yo sola. Fue cantar con la guitarra, bailar, actuar como en las fogatas, sólo que ahora en lugar de chocolate una toma sus cubas, que los catorce años iban sólo por dentro. Me dicen las amigas que yo era una latosa y que hacía bullying . ¿Seré?
También sufrí mi cuota de trámites-robo del Gobierno del D.F. Ya sabemos que la tarjeta de circulación caduca cada tres años como atún en lata (y eso que es de plástico), y hay que cambiarla. Para eso le piden a uno copias fotostáticas de cada tenencia, tarjeta anterior, identificación, comprobante de no robo, factura del coche (que ahí va uno cargando peligrosamente en el carro), y demás. Menos mal que es tránsito y ecología, según ellos, para que terminen en basura. ¡Pero si se ve en internet que tiene uno todo pagado! -les decía yo ya burlándome-, pero nada, se quedan con sus jetas de "ya lárguese que quiero tragarme mi torta de tamal seboso". Un asco, además, el local donde se realiza el absurdo y tarado trámite.
Y sufrí muchas otras cosas más, que una, no se crean, tampoco es de hule y suele acongojarse por las situaciones económicas, morales, físicas y espirituales propias y de quienes la rodean. A veces dan ganas de desligarse...
Y terminé un trabajito e imploro a los Santos Chambeadores por otro. No sé si ponerle una palmera californiana a San Pancracio, porque el perejil como que ya le aburrió, yo creo. Por lo pronto en que sale ganón es el marido, porque me da por cocinar y hornear. He hecho pan de tocino y queso, de aceitunas y perejil, de cebolla, de dulce, hasta que se me termine la bolsa de levadura. He confeccionado galletas de colores y pasteles decorados;  papas viudas, chop suey con arroz, caldos gallegos y hasta chiles en nogada pasando por carnes, pollos y verduras. Por cierto que hoy es su santo, no que lo celebre ni que se acostumbre o incluso que se haya dado cuenta, pero lo es. St,. Louis Rey de Francia. No va a ser de cualquier Luis mundano mi esposote y, junto con él, Diego.  Creo que mañana o pasado haré mole... así estoy.
Otros ratos los dedico a la pintada. Cuadros muy pequeños, para sentirme así como señora victoriana, de lugares que he visto y pisado. Y alguna pared también, por ejemplo la lavandería de casa que ya estaba muy gacha. Y para la noche leo. Como me tocó la feliz herencia de los libros del papá de mi amiga Coco (gracias Coco), me he echado unos novelones del XIX de esos que nunca había leído, como Jane Eyre, Emma. Descubro autores como Turgueniev con El primer amor, Vasco Pratolini con Crónica familar; Saul Bellow con las Memorias de Mosby y leo a los ya por mí conocidos.
Se aceptan herencias.
Sabiduría Gratis: Si Coelho vende sus frases, venderé las de mi invención, que son igual de perogrullas pero más bonitas.






sábado, 21 de junio de 2014

La odisea del Moisés

No hablaré de la odisea de Moisés el bíblico, ni de sus andanzas; ni de algún otro Moisés famoso. No.
Este era un moisés, así, con minúscula, que quería ser enviado a lejanas tierras sonorenses. Resulta que por allá no hay esas cestas de mimbre que se usan para colocar a los bebés una vez decorados, equipados con su colchón, sus cobijas, almohaditas, protectores y base. Entonces había que buscarlo aquí en México, donde están en desuso y han sido reemplazados por artefactos más modernos.
En el mercado de San Ángel  no hay ya, y eso que encuentra uno hasta basinicas de peltre; en el de Coyoacán sólo había uno. Parecía que la tabla del fondo estaba rajada pero no, el buen marchante me explicó que al ser tabla de madera se unen dos para armarla, mientras que otros -no sé cuáles porque no hay- son de vil triplay y por eso se ven de una pieza. Bueno -pensé yo que soy tan mona-, total el colchón la tapará. Entonces me amarchanté y averigüe cómo enviarlo. Por paquetería cobraban cuatro mil pesotes, lo que me hizo pensar que con esa lana mi prima bien podría comprarse una cuna en Las fábricas de francia o del otro lado de la frontera y así se lo hice saber. Quedé de investigar con Correos de México y la diferencia era abismal: cuesta muchísimo menos.
Una vez hecha la labor de apalabramiento y tecnología del envío, metí en mi bolso dinero, carrete de cáñamo, cuter, cinta transparente y me dirigí al centro de mi pueblo. Pasé por casa de mi amiga Gary y la llamé: "bishi bishi" y sigue sin aparecer. Van semanas que no la veo, aunque haga bueno que es cuando más la veía sentada en la acera o trepada en la barda e inmediatamente acudía a que la saludara. No quiero preguntar en su casa... En el mercado compré grenetina y dos cajas de cartón porque dado el tamaño de la cesta no cabía en una, y no cajas de huevo porque por salubridad (sic) no permiten usarlas en correos. Tampoco puede uno usar cajas con propaganda, es decir, que tengan letreros de lo que originalmente llevaron como servilletas, pañales o latas de frijoles. Pero yo, que soy tan sabia, pensé que ya que debía desarmarlas para hacer una con dos, podría armarlas al revés, con las leyendas hacia adentro y la parte limpia hacia afuera.
 Acudí al puesto de las cestas y no estaba mi marchantito, sólo un joven autóctono que jugaba en su celular sentado en un banquito. Él me dio la canasta, me recibió el resto que debía, y me ayudó a desarmar las cajas, atándolas para que las pudiera cargar hasta la oficina de corrreos.
Y así salí, dándole cestazos a cuanto peatón o puesto se me atravesaba y cambiando la cunita de mano cada cien metros para evitar gangrena digital. Cuando pasé por la panadería mi amiga se rió de mí y hasta me preguntó si iba a tener un bebé. Llegué a la oficina postal y comencé el trabajo de embalar mi bultote. Cargaba, cortaba cartón sobrante, sobre una mesa alta y angosta, pegosteaba la cinta que se me caía y rodaba enredándose sobre sí misma para desperdiciarse, ante los ojos pazguatos y jetones de las horrorosas empleadas que me miraban impávidas mientras se rascaban algo seguramente (su mostrador sólo deja ver sus jetas). Cuando consideré que más o menos había logrado hacer una caja con dos y me secaba el sudor, me dijo una que tal vez mi empaque excedía el tamaño oficial y con gran angustia y pujo lo cargué y coloqué ante sus carotas para que lo midieran. ¡uf! Pasó. Yo ne preguntaba qué nombre llevaría la deforme figura geométrica que había creado y qué enseñarán en el taller de cartonería.
Entonces la tipa de la derecha se dignó abrir la boca y me dijo: "ahora tiene que forrarlo con papel estraza o kraft, y tiene que usar cinta canela, no transparente". Okei, dije, se lo dejo tantito, y atravesé la calle a la papelería que vive de vender lo que estas nacas piden. Volví y de nuevo sobre la mesa alta forré el bulto lo mejor que pude, alzando a cada rato el papelote que se enrollaba y caía cual alfombra roja de Hollywood, mientras clientes iban y venían y me veían con extrañeza. Comencé a atarlo para ser interrumpida de nuevo: "señora, le dijimos con lazo, no con hilo". Yo sólo contaba con el pedacito de raffia con la que el marchantito jr. me había amarrado las cajas pero el policía se compadecío de mí y sacó una madeja hecha de retacitos y me ayudó. También me ofreció un plumón para poner los datos de envío.
Puse mi paquete para ser pesado y timbrado con gran orgullo, pagué y me fui. Al ver mi reloj me di cuenta de que había pasado una hora envolviendo y de que no tengo vocación de paquetera, pero de que una prima querida bien vale una odisea.
Sabiduría de la semana: Hay oficios que parecen muy fáciles hasta que los intentamos.



miércoles, 21 de mayo de 2014

Ir, volver, ir, volver.

Eso tiene la vida a veces, que una va y vuelve como las estaciones.
Total que me trepé a esta tendencia y me fui. Y volví.
Y vi cosas que mis ojitos no conocían, como las cigüeñas, que a pesar de que me han dejado dos bultitos ya nunca las pude ver con eso de que la anestesian y drogan a una para que no se dé cuenta de nada. Son unos pajarazos que ponen sus nidos en lo alto y que crotorean (¿qué tal la palabrita, eh?) alegremente y levantan el vuelo cuan pesadotas son con sus patotas colgando y sin estamparse con las tantas golondrinas que dan vueltas todo el día a lo tarugo y se acercan a las paredes de piedra casi chocando y haciendo su chillido murcielagoso todo el santo día. No sé cómo con tanto rechinido se podía inspirar Santa Teresa, si hasta llevaba riesgo de que una de estas aves la embistiera en plena cara al salir de la capilla al patio del convento. No logré ver los bebesitos escondidos en los nidos, ya será otra vez. También vi varias fiestas populares de esas que salen en los documentales y que de churro me tocaron, como el inicio de San Isidro.
Si bien dicen que viajar ilustra y además enriquece el alma aunque empobrezca el bolsillo, pero este se puede recuperar. La cintura, si se pierde en algún viaje, como en San Francisco, también se recupera al volver a la normalidad. Cosa de volver a la alimentación habitual y al ejercicio en su forma de trabajo, que da menos hambre que la modalidad paseo. No es lo mismo desayunar y comer en restaurantes, cenar bien cuando en casa uno merienda cualquier cosita, e ir probando las novedades que los aparadores, sobre todo los de las pastelerías y confiterías, ofrecen sin pudor a los viandantes sin preguntar si los pueden digerir.
Y no es lo mismo ver a los hijos en casa que a través de el Skype. Viene a ser, dado el carácter de mis criaturas, como ver el show de los Muppets en versión stand up comedy. Claro que una coopera, que no digan que por andar de paseo una es floja, haciendo muecas y completando la acción verbal. Pero verles de lejos da otro enfoque, como en los toros. Oírles hablar y reír es muy bonito. Y ver la cara de alegría del "pequeño" al mostrarle su pieza entera de queso Cabrales nomás para él no tiene precio. Creo que soñó con él hasta que se lo dimos en propia mano.
Porque viajar nos deja ver lo lindo de otros lugares y conocer un poco sus problemas, para poder renegar de lo que no nos gusta de casa y valorar lo de bueno que tenemos. Nos hace comparar, queramos o no, un país con otro, una población con otra, y si la nuestra sale perdiendo en unas cosas, sale ganando en otras así que todo queda en empate sin necesidad de llegar a penalties. Por eso vuelvo contenta, llena de imágenes, sabores y abrazos.
Por cierto que viene la cosa del futbol. Ya en mi viaje aluciné con varios partidos pero lo del mundial me cuesta trabajo siempre. Lo mejor que una puede hacer es agarrarlo de pretexto para reunirse con amigos y parentela surtida a comer y pegar de gritos muy incivilizadamente:¡ goooooool!, ¡qué brutoooo!, ¡falta! y demás mantras futboleros.
Sabiduría gratuita: Mientras juega la selección habría que estar pendientes de otras cosas, que nuestros gobernantos suelen meternos goles aprovechando la distracción general. Lo bueno es que sólo durará los partidos que son a fuerza, los primeros.


domingo, 30 de marzo de 2014

La lucha

La lucha es mucha y no hay peor lucha que Lucha Villa.
Por eso y porque se me dio la gana, vaya, me uní al movimiento No Parquímetros en Coyoacán. Ha sido marchar, hacer valla ante granaderos, desfilar, hacer cadenas humanas, gritar hasta el desgañote, pegar propaganda que la delegación quita (dejando los plásticos y pegotes de publicidad de todo tipo, claro) y repartir volantes hasta la demencia.
Cómo, si no, íbamos a conseguir que mil vecinos se acercaran a emitir su opinión negativa en la consulta de la colonia. Y todo para que el INAH, que es del gobierno desgraciadamente, dé su permiso. Anda, nena -le dice a la delegación- ve y pon tus aparatejos para que acompletes tu gasto, que no te alcanza con el presupuesto más las mordidas. No importa, nena, que en esa zona paguen los prediales más altos de la ciudad, que se jodan, la clase media es para partirla por la mitad. Así se sentirán en París, aunque no ganen en euros; así sacarás mucho más dinero para tus reventones, pero eso sí, haces mutis cuando permita yo barbaridades en la zona.
Y la niña Delegación (si algunas se llaman Purificación y Angustias, bien una niña puede llamarse Delegación) de la manita de su mascota Ratoledo sale corriendo feliz a pintarrajear piedras antiguas y a colocar armatostes en las angostas aceras coloniales para que las personas con silla de ruedas puedan atorarse más. Va feliz dándoles de palos a las gentes que le dicen que si respetara el uso de suelo las calles estarían vacías y haciendo oídos sordos a sus voces.
Esto, aviso, significa guerra. Por si las dudas ya desenterré del clóset toda mi ropa de comando que no usaba hace tiempo y que, para que les de envidia, me queda aún. Me falta el maquillaje camouflage... no importa, Max Factor al rescate. Y cola-loca para las monedas, claro. El GDF es tan rata y tan asqueroso que ahora que sacó un "empadronamiento de mascotas" vocifero que no hay que hacerlo, seguramente quieren cobrar impuestos por cada chucho perico y poblano que tenga una, o poner perrímetros en las aceras para cobrar por sacar al perro de paseo.
Con tanto borlote, juntas, marchas, bloqueos de avenidas, mentadas de madre y de padre, se me juntó el trabajo y voy lento. Tengo que apurarme retiharto que a fines de abril me voy de vacaciones y esa es otra, me falta hacer varias reservaciones y ya me entró el nervio previaje. Y eso que es un viaje en el cual se aplica lo de la tercera es la vencida". Ha sido aplazado dos veces por razones pendejoides.
Y para colmo, espero que el refrigerador aguante. Hace unos ruidos que no sabe una si darle una patada o acariciarlo para que ya no chille, como con los hijos, pues. Por las noches, si se queda abierta la puerta de la cocina, le oigo rechinar y silbar como el robot aquel de la película del Piporro que se enamoró de la rockola. Luego gruñe o medio murmura. Y la lavadora, ya también achacosa, no exprime bien. Siempre van en grupo los aparatos para descomponerse. El otro día mijo el Manolo alias Manny lavaba sus prendas y el refri empezó a hacer el canto de las ballenas. Ya está viejo, le dije. Él alegó que no e hicimos cuentas de cuántos años tiene e insistió. No sabe que los años-aparato doméstico son como los años perro. Claro, los suyos tienen dos años a lo más. No se lo dije para no traumarlo, soy una madraza.
Así las cosas, sigo en mi humilde trinchera defendiendo los derechos de los traductores independientes, de los habitantes de Coyoacán y de los electrodomésticos de la tercera edad. No me canso. Si no me canso de tratar de educar a Chela, para que comprenda que no todos los objetos de este mundo son para romper y que no toda la tierra del planeta es para escarbar, menos de luchar. Mejor pensaré en los caracoles que me comí hoy. Meditaré: caracolesmmmmmmmm caracolesmmmm.... Nada como las técnicas orientales para el stress: el chop suey y el chow mein.
Sabiduría gratis: Tomen el sol antes de que Mancerda et al comiencen a cobrarlo. Lindas las granizadas de primavera de fin de marzo, parecía nevado el paisaje citadino. Lo malo es que pelaron a las pobres jacarandas y su hermoso color quedó como alfombra en el suelo.