Siempre

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lunes, 6 de febrero de 2017

Bob Marley en el Sam´s

Una vez vi una camiseta que decía "Thank God for little girls". Me hacía pensar en la niña de mi amiga Tere, Tatiana, que es una niña padrísima y que de pequeña era la ternura hecha muñequita,la carita más bonita del mundo.
Hoy acudí a hacer la compra de cosas de comer y beber a la bodega Sam's y al super de junto, porque en el Sam´s venden todo de a montón y hay cosas que necesita una de a poquianchis, como el ajo. Yo, que soy tan mona, iba por aquellos pasillotes cantando (bajito, no vayan a creer) "Every little thing is gonna be all right" de Bob Marley. Así soy yo y palabra scout que es sin querer; cuando acuerdo estoy cantando, silbando e incluso bailando en los sitios más insospechados. Total, que voy cantandito y una niñita linda de unos cuatro años que iba sentada en el carro de la compra empujada por su papá dice: "¡Una señora cantando!". El papá volteó y yo le dije a la nena: "es que estoy contenta, ¿tú no?". Dijo que sí y se quedó con una sonrisa enorme. Yo seguí con mis cosas, que me faltaba queso, café, aceite, vino, carne y galletas, pero me preguntaba por qué se me habría pegado esa canción y llegué a la conclusión de que era un mensaje del más pallá de que de verdad, todo estará bien.
Muy bien.
Dejé las cosas en el carro y fui al otro super a comprar comida para gato, leche, pan, garbanzos, detergente y chorizo -si ya se dieron cuenta estoy presumiendo mi buena memoria-, y al agacharme para coger no sé qué cosa otra niñita, de esas que tienen como dos años pero están grandotas, me dice: "¡Hola Mamá¡". Yo, fascinada, le dije con igual entusiasmo; "¡Hola Nena!". Fue el día de las niñitas. Yo no tuve niñas, tuve niños, y siempre creí que si hubiera tenido la docena de hijos todos me hubieran salido varones, porque la naturaleza es sabia y sabe que soy más de baseball que de Barbies, y me encanta haber tenido con quien jugar pelotazos, pero las nenitas son una ternura, mis sobrinas fueron fuente de otro sentimiento muy distinto y muy bonito. A la fecha, con lo lejos que están ya todas de ser niñas pequeñas, me gusta mucho compartir con ellas.
Y regresé a mi casa  a hacer carne en su jugo estilo Guadalajara que ya tenía planeado antes de que me avisaran de que mi mamá vendría a comer. Su primera salida en tres semanas porque estaba enferma. Llegó y nos sentamos en una mesa en el jardín a comer y beber muy rete agustito, como debe ser, y le di dos fotos de la portada de un libro antiguo que conseguí que habla del trazo de la frontera entre México y Guatemala donde viene el retrato de uno de los principales hacedores de ese proyecto; su bisabuelo. Luego luego vio la fotografía (vienen 5 fotos de distintos ingenieros) y dijo "!Ay, este es Don Manuel Pastrana!". Alzheimer selectivo.

Sabiduría de hoy: Everything is gonna be all right.

martes, 17 de enero de 2017

Sin deberla

Una vez estuve enferma. Bueno, han sido varias, como todo mundo, pero en esa ocasión estaba enferma-enferma. Como los brujos de bata blanca no le atinaban a lo que yo tenía tras de haber girado por varias consultas, hospitales y laboratorios, y ya me quedaban nada más como ocho glóbulos rojos por litro, hubo una reunión multidisciplinaria de médicos para jugarse mi diagnóstico al dominó o algo así. Entre todos, como capítulo del Dr. House, le adivinaron.
La doctora que los reunió me preguntó, como para alivianar la cosa: "¿qué se siente tener tantos doctores viendo tu caso?" Yo, toda mona, le respondí sabiamente: "Podría ser peor, podrían ser abogados".
Y sí, Veintitantos años después descubro que es peor. Sobre todo cuando una sin comerla ni beberla tenga que pagar patos ajenos.
Sobre todo cuando por malos manejos de un tercero sale una bailando.
Sobre todo cuando sabes que sin tener nada que ver se ve involucrada y ahora tienes que gastar dinero que no hay en estos brujos de traje caro, angustiarse, no dormir...
Y ahí me tienen toda agorzomada. Toda apachurrada, toda deprimida. Ganas me dan de coger un barco aunque sea de polizona e irme a lejanas tierras a pintar cuadros exóticos, pero resulta que no hay puerto en Coyoacán.
Santo Niño del Cacahuatito, ¡ayúdanos!

Y para distraerme del caso me puse, aparte de mi trabajo y quehaceres propios de mi sexo de los cuales no me puedo escapar (ojalá ya pronto le hagan salida al mar a Coyoacán), me dispuse a hacer e investigar la historia de las Muelas de San Jenofonte. ¿A que no habían oído hablar de ellas? Pues son de esas reliquias antiquísimas de la Iglesia Católica junto con los huesitos, pellejitos, cráneos y cuanta parte anatómica se nos ocurra que hay en las iglesias. Milagrosas o no, me parecen muy curiosas, muy interesantes, como el prepucio del niño Jesús, del que había ya como cuarenta conservados y venerados en iglesias y conventos de Europa hasta que el Vaticano hubo de prohibir su culto. Nada más que tenga terminadas las investigaciones se las pasaré a mi hermano Alfredo para que me ayude con la cuestión psiquiátrica del asunto y podamos presentarlo en ilustrativa conferencia.


Sabiduría del mes (gratis aunque debería cobrar un poquín para la causa): Cuando griten "sálvese quien pueda", ojalá puedan.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Fin de año

Me da gusto haberme ahorrado los temas navideños.así como poner árbol, lucecitas y toda esa parafernalia. La nochevieja no será ni más noche ni más vieja que otras. Una que se sacude como chucho bañado y se quita tarugadas de encima. muy new age yo.
Los pequeños desaguisados de la vida calan hondo. Por ejemplo, ¿se han lavado el pelo teniendo una uña rota? (claro, suponiendo que tienen pelo y uñas) Es horrible. Se atora un mechón en la rotura que pensábamos reparar o habíamos limado y barnizado y se da una unos tirones horrorosos. O ¿se les ha manchado el pantalón de masa de pastel de chocolate a pesar del mandil? Suponiendo también que usen mandil y cocinen. ¿O embarrado el pelo de leche nestlé, de bechamel, de cebolla frita? Es una lata enjuagarse el mechón en el fregadero, si es que nos damos cuenta antes de que se seque y se haga duro. A mí me pasa mucho, por lo tanto debe ser normal. O me consigo un traje tipo mono completo como de laboratorio nuclear, un mandil que llegue hasta mis zapatos, o cocino bichi.
Pero qué lindo sería que estos problemillas fueran los que nos caen. Que nuestras máximas angustias fueran del tipo dedos pegados con silicón, camisa manchada de aceite de linaza o pintura escurrida por el suelo; que las lágrimas asomaran a nuestros ojos sólo por picar cebolla o por fumigar una planta con ramas altas. Que lo más grave que necesitáramos fueran curitas y aspirina. Que lo más lejos que estuviéramos unos de otros fueran unos cuantos kilómetros.
Y no me da gusto que la vida no sea así. ¿Qué les costaba, digo yo?
Se cambia de año quitándole una hojita al calendario. Nunca he despertado el primero de enero para asomarme a la ventana y ver que todo ha cambiado. (contando para que me digan que una es la que tiene que cambiar para que el mundo cambie: uno..dos..). Tampoco creo en los Reyes....
Pero si les hace ilusión, Feliz Año Nuevo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

¡Ah jijo!

¡Ah jijo! (expresión que denota sorpresa y azoro), ni me había dado cuenta del montón de meses que no escribía por aquí. Pretextos muchos; trabajo, distracción, otras creatividades y hasta otros blogs, mortificaciones a lo ahí se va etcétera etcétera...
Pero no hay pretexto que valga ni buey que lo aguante cien años... ¿o eso es mal que dure cien años? Lo cual me lleva a todo lo que ha pasado y este abandonado blog sin enterarse: se murió Fidel Castro, ganó Trump las elecciones en Estados Unidos.. un año muy raro. Hasta el gordote Carstens se nos va (perdón, es que desconozco el término políticamente correcto. ¿Minusgástrico? ¿Persona con capacidades bariátricas distintas?). Hasta en el clima ha sido suigéneris este año. Lo malo es que el Peje no entiende y ahí sigue... Unos con poco trabajo, otros sin trabajo de plano.
En mayo me fui a la boda de mi sobrina adorada, que se casó con su adorado y fue una fiesta adoradísima. Ya que cruzamos el Atlántico para ir pues aprovechamos de conocer países ignotos para nosotros, como el vasco, por ejemplo. Esa fue la felicidad del año. Todavía me estoy saboreando uno que otro bacalao, algún pulpo horneado de Murcia y muchos abrazos.
Y de repente es diciembre de nuevo. La rutina es asesina, nos hace decir "otra vez es viernes; de nuevo es lunes; otro día más; una semana menos" sin ánimo de mucho. Detesto la rutina. Por eso la voy a romper, cual piñata decembrina. Nomás no se espanten de mis decisiones, que conste que avisé para que no les den infartos ni abortos repentinos y me echen la culpa.
Y las tristezas, que por más que quiere una ver para otro lado, pensar distinto, ahí están. A ellas no puedo golpearlas en recreo ni ponerles apodos para borrarlas de mi mente. ¿Por qué le pasan cosas tan malas a la gente buena, generosa, amorosa? Una caca, pues.
Con este espíritu navideño sólo quería vaciar unas palabrejas por aquí, que luego salen con que su página ya valió gorro por inactividad.



martes, 23 de febrero de 2016

Bisiesto

Como todo, mi madre ha envejecido y dado el estado de su memoria, no puede estar sola en casa por precaución, por orden del neurólogo, por conciencia. Así que, ya que me enteré de un daycare o centro de día para"adultos mayores" fui a averiguar y me pareció muy bien. Mi miedo era que los pusieran a hacer tarugadas del tipo pegar chaquira en un dibujito,  tipo kinder, pero no es así. Le conté doce veces diarias de un "club" al que van algunas señoras de su rodada para que lo viera con buenos ojos y me hacía caras de fuchi. Se imaginaba el club del INSEN de su mamá, yo creo, y pensaba que sería furris (¿qué van a decir las Limantour?). La llevé a una semana de prueba y lo pasó muy bien; la llevé a las diez de la mañana y la recogía a las tres y media y siempre me dijo que se había divertido mucho. Total ya la inscribimos e irá tres días por semana. Es un sitio alegre en realidad, pero a mí el corazón se me hace papilla por lo que significa. No soy buena en estos avatares de la vida. Ni modo. Otra cosa que se suma a mis tristezas, que son tan profundas que nadie las ve, o no las buscan por aquello de mi fama de fuertota, sanota y muy macha, además de mi costumbre de hacer de todo chistes y reírme de todo.
Tal vez por eso mi vecina, que tenía alojado al Patch Addams, me invitó a una cena en su casa con el mentado doctor payaso. Él y todo su séquito, o mejor dicho troupe, llegaron vestidos de payasos de circo, y creo que siempre andan así en la calle. Si me hubieran dicho, tengo ropa parecida. Obviamente estuvimos hablando de la influencia o no influencia del humor sobre las enfermedades, o mejor dicho sobre los enfermos. Hay dos corrientes: una, que no sirve para nada y otra que dice que sí porque el enfermo si se alegra está más predispuesto a sanar, a comer, a seguir tratamientos.
Y la polichambeación en la que me veo sumergida va viento en popa. Traducciones aparte, me amarchanté en una tienda de artículos de pesca y caza para dejar a la venta varios cuadros de tema pescadoso que he hecho: macarelas, jureles, con anzuelos, conchas y mar. También hice a pedido mis famosos Tera Tommys. Los Tera Tommys son teratomas de juguete, una monada más que he hecho. Me compró varios mi amiga de la Order of the Good Death. Si alguien quiere uno avisar a su servilleta.
Y es que con este gobierno lo que uno tenía, digamos, hace tres años, se ha ido reduciendo conforme el dólar y el euro crecen ante nuestros azorados y azorrillados ojos. Ni pa donde hacerse, deveras. Pero el hombre es el único animal, dicen, que se tropieza dos veces con la misma piedra, pregúntenme a mí, que ando reservando hoteles en páginas de Internet arriesgándome a que me suceda lo mismo que con el Hotel Cucaracha Inn de Bernal. Pero si no, ¿cómo reservo? No es como que una conozca hoteles en cuanto pueblo y ciudad hay en el mundo. En Estados Unidos es menos el problema porque como quiera sabe una por el nombre de la cadena más o menos qué esperar, pero en otros países no hay tanta cadena, los hoteles en su mayoría suelen ser independientes, o los de cadena más elegantosos y se salen del chorido presupuesto de una que va de peregrina (pero no del Mayab).
Tengo una comida de amigas, ¿qué llevaré, mi famosa plasta horneada de verduras con atún, o un platón de chicken pasta? Se aceptan sugerencias.
Año bisiesto. Sé que no significa sino que hay que acomodar por ahí un día que faltaba o sobraba, según vean el vaso medio lleno o medio vacío, pero hace ilu.

Sabiduría del mes: a trabajar que este mundo no se va a acabar.

domingo, 24 de enero de 2016

Hotel Cucaracha

Como cada año, llegó diciembre con sus desmadres y después de la navidad me llevé al esposo a pasear para distraernos un poco. Había ido yo en octubre a Bernal, pueblito lindo que está a los pies de la Peña del mismo nombre, con mis amigas. Me encantó pasear por las calles, ver las casas antiguas, disfrutar el sol, la calma y la comida. Reservé en un hotel y allá vamos. Nótese que
Bernal  es muy pequeño pero las calles son en su mayoría muy empinadas por subir y bajar hacia y desde la peña. Total que llegamos y había como cola de coches para entrar al pueblo (mala señal) y para llegar al hotel íbamos entre miles de personas caminando. Llegamos al hotel, dejamos las cosas no sin notar lo gacho que estaba el cuarto, la recepción inmunda y llena de telarañas, y el señorsito que nos recibió solo. Para reservar me habían pedido la mitad de una noche e íbamos a estar dos, y el recepcionista-bell boy-cocinero-dueño-afanador me pidió que liquidara todo. Medio en broma le dije que yo pagaba al irme y me dijo: "¿qué puede ir mal?". Nada -le contesté- pero música pagada toca mal son. Nos fuimos a (intentar) recorrer el lindo pueblo y terminamos en una terraza bar con vistas a la peña tomando cervezas porque era imposible andar entre tanta gente. Parecía mi pueblo en 15 de septiembre: una multitud pendejeando, baboseando, con la agravante de que venden micheladas y tequila en la vía pública así que van chupando o ya ebrios en bola. Horrible. Comimos bien, eso sí, y al rato regresamos al hotel. Entonces ya notamos las manchas de las paredes del baño, algunas de sangre; que las cortinas estaban todas rotas, que la ventana del baño no cerraba por estar caída y hacía un frío que pelaba. Del wi-fi ofrecido en la página de hoteles Booking nada (no se guíen por las fotos, son engaños); tele sí había pero no servía, no sé si le cogió el apagón analógico o les daba igual. Nos salimos a una terraza a ver las estrellas y platicar a pesar del frío para estar lo menos en ese cuarto tan deprimente y cuando nos metimos nos dimos cuenta de que la cama era un redrojo: estaba tan jodida que nos rodábamos al centro y quedábamos aplastados. Yo no me podía dormir y al rato pasó el perro del hotel por el pasillo, porque perro sí hay, ladrándole a los gatos que habían estado maullando un buen rato ya. Horas en vela oyendo el ulular del ventarrón que se colaba por las maltrechas ventanas moviendo los hilachos de cortinas. Muy temprano el esposo se levantó a tomar fotos de la peña al amanecer y al rato lo alcancé pero primero constaté con mis patitas que el piso estaba pegosteoso. Nos bañamos echando mentadas del frío bajo un chorrillo de agua medio tibia y salimos con nuestras cosas para irnos para siempre amén. Todavía el vejete recepcionista-chorreado-mucama nos preguntó por qué nos íbamos y me congratulé de no haber pagado el total al llegar. Desayunamos delicioso en otro hotel y nos fuimos a Ezequiel Montes a comprar unos quesos exquisitos que hacen ahí y derechito a casa. Lo sentí por Diego, que canceló la fiesta.
Y es que sí da coraje que le cobren a una como Fiesta Inn por un Caca Inn, o sea, ni el Piojo Matute de Madrid. Si le dicen a una que es hotel pinchón de pueblo y que cuesta trescientos pesos pues una ya sabe a lo que va, ¿no? A algo rústico y campamentoso,
Y yo trabajando para juntar para mi viaje y el &%$ gobierno robándose todo de forma que el dólar y el euro suben y suben. ¿Buscaré puros piojos Matutes o me llevaré mi tienda de campaña pequeña y dormiré en los parques?
Sufro. Pero ya se sabe, (Sabiduría de hoy) para la depresión hay prevención. Hacer, hacer, hacer. Pintar paredes, cuadros, muebles. Crear, arreglar, componer. En mente activa no caben tarugadas ni depresiones. Tal vez por eso mi abuelita era feliz a pesar de las vicisitudes de la vida: nunca manitas ociosas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los mandalas y la pachanga

Diciembre siempre es un  mes raro, tan raro como el mundo de José Alfredo.
Pero lleva su relajo y eso me gusta. Para iniciar el puente-maratón Guadalupe-Reyes, fui a la fiesta de aniversario de Bodas (¡35!) de mi amiga Hilda. Ella y su familia es muy amorosa, y tuvimos una mesa para mis amigas con sus maridos. Llegó un trío que creo que eran Los Calavera, por la edad, claro, y antes de que dieran el azotón los aprovechamos cante y cante y divirtiéndonos horrores. Les pedíamos canciones por título si lo sabíamos o les cantábamos un pedacito, o les decíamos los cantantes. Así les dije "los Castro", y temí que lo tomaran a amenaza aunque luego pensé que ya pa qué.
Al día siguiente o séase hoy mero, fue la presentación en el Centro Cultural Roberto Cantoral de un concierto de música hindú al tiempo que proyectaban unos hermosos mandalas animados que hizo Diego, el más pequeño de mis hijos, en la pantalla. Repartieron lentes de tercera dimensión al entrar.Regresé a terminar un trabajo que entrego mañana, que tengo desayuno amigoso.
Me metí al show con todo, y al ver aquellas cosas tan bonitas y coloridas girar, abrirse, desparramarse  y crecer en tercera dimensión con unos colores psicodélicos y la música de meditación entendí muchas cosas y me acordé de otras. No negaré que con la primera pieza sentí harto y, no sé por qué, que tengo mucho dolor adentro, Muy adentro, yo creo, porque no lo noto comúnmente.
Recordé que la música hindú me gustaba mucho (remember the seventies), que me pasaba ratos oyendo al Shankar, sólo que esta era distinta y no me gustaba tanto. Tal vez pase como aquí, porque explicaron que era música del norte de la India, y aquí la música del norte suele ser horrorosa. El que más fácil tenía la cosa era el del violín rectangular, porque sólo repitió todo el tiempo un estribillo muy triste. Tal vez reviva mi gusto por Shankar, aunque creo que al esposo le puede dar un ataque dadas sus pésimas experiencias con empresas farmacéuticas de la India.
Descubrí que tengo hartos mandalas en platos michoacanos y guanajuatenses. Y que mi abuelita Titita tejía mandalas, pa muestra unos tarugos que tengo en la cocina.
Me sentí orgullosota y feliz, el auditorio tenía quinientos personas aplaudiéndole a mi hijolín.
También puse unos cuadros a la venta en el CCBA de Coyoacán, Jardín Centenario para ser precisos, así que corran a comprar muchos cooperando así con la causa. Y estoy inventando un producto/juguete para gatos que hará las delicias de esos bichos y de sus dueños. Una que no para, pues'n.
Y de navidad, a estas alturas, no he hecho nada y creo que no haré. Decepciones las justas, gracias.
Y de mi cumpleaños, que es la primera posada, tampoco. Es una chinga haber nacido en estos días, de verdad. Y luego que caen  en miércoles.... restaurant con el esposo y ya,
Pero este su blog les desea una feliz navidad y un año nuevo lleno de venturas (así decían las tarjetas) y agradece su preferencia esperando el nuevo año para servirles (eso decían los calendarios).



domingo, 15 de noviembre de 2015

Sufrimientos novembrinos

Noviembre a medias y aquí seguimos, dándole cara al mundo.
Al mundo que es un desmadre, pero de ello hablan todos, todos que son tan sabios (creen) y discuten como los súper expertos que son: que si poner azul y rojo que si no.... que si acá también hay muertos y nadie pone la bandera de México, que si mentira, la ponen demasiado. En fin, que para eso hay otros espacios.
Y hoy es domingo de puente. Mañana no trabajan los que lo hacen formalmente, como mis dos hijodontes. Yo sí, tengo que ir lejos a recoger un coche, pero los dioses me favorecen porque no habiendo escuelas ni bancos el tráfico me será leve. Estos puentes me gustan más que los romanos, la verdad. La ciudad ha estado tranquila, vacía. Anoche recogí a Diego en el Bazar donde trabajó el fin de semana y donde espero se hayan vendido mis cuadros y nos fuimos a cenar a San Ángel, sitio que en sábado suele estar retacado. Tuvimos la terraza del restaurante casi para nosotros solos, con música y toda la cosa; estuvimos muy contentos salvo el momento en que el ruco se azotó. Pero en fin, gajes del oficio. El chiste de este puente fue sacarle la vuelta a los centros comerciales y tiendas de toda índole, porque era el mentado BuenFin, en el que sacan ofertas y dudosos descuentos que hacen que se abarroten y retaquen de gente que adquiere cosas que ni necesita y se endroga a mil meses con las tarjetas de crédito. Yo me avituallé desde el jueves para no salir.
Pero caí en la felicidad del consumismo. Allá por mis quinceañerencias mi papá me compró un chaleco hippie de gamuza en Quiroga, Michoacán. Era lo más lindo, con muchas tiritas que colgaban y yo me sentía la mismísima Janis en persona presente, con mis greñas ad-hoc. Pues resulta que vi uno en afamada tienda de ropa (no digo el nombre porque no me pagan patrocinio, se aceptan patrocinadores) y obviamente mi nostálgico corazoncito lo deseó con mucha enjundia, Pero me dolió el codo... Hay prioridades -me dije- y hay que ahorrar. Luché con un diablito y un angelito en mis hombros, uno me decía: "cómpralo, que acabas de cobrar unos trabajos y no te has dado un gustito"; el otro me detenía. Fui después a la tienda con Diego y ya no había. ¡Horror!
Mi apetito me llevó a verlo en la página de la afamada tienda y lo tenían pero me cobraban envío, encareciéndolo y seguí pensando... y sufriendo varios días. Como me anoté en la página web, el viernes que comenzó el mentado BuenFin me llegó la oferta irresistible: no cobraban envío y hacían el 30% de descuento. Una es débil, como la carne, y azoté. Ya era mucho. Total lo compré junto con otro padrísimo de la muerte y me llené de felicidad consumista. Fue un poco como cuando sueño con tacos de chilorio y sufro verdaderamente algunos días hasta que logro comerme unos, para que dimensionen mis sufrires.
Y no sé si este texto quede como veracruzano o escrito por el peje porque la tecla d no me obedece mucho, acabo de sufrirla con el trabajo que mandé hoy (sí, que terminé hoy domingo de puente para que se vea que aparte de sabia soy chambeadora). Cosa de limpiar mañana el teclado y ya está.
Otro sufrimiento me lo ha causado mi guitarra. Un día se le rompió la sexta y al cambiársela se notó que el aparatejo que las sostiene tenía un tornillito barrido. Fui a la tienda que me recomendaron y que no, que no arreglan ni tenían el tornillito, pero me vendieron el adminículo que va atornillado a ambos lados y que tiene las clavijas, que estaban más gachas que las mías. Sé que no es la gran guitarra -le dije al chavo-, pero me la trajo santaclós y la quiero. Cómo no -respondió para mi alegría-, si es de cedro, es muy buena guitarra. Le pregunté si cualquier marido podía cambiar ese aparatito y dijo que sí. Poder podría pero no quiso porque estaba más feo que el original y consiguió el otro tornillito con un cerrajero, se lo puso y aparentemente quedó bien pero al sacarla en Tequisquiapan con mis amigas ya tenía la cuarta reventada. Total tengo que ir hasta la Casa Ramírez y a ver en cuánto me sale la gracia.
El sufrimiento con la Comisión Federal de Electricidad, ese monopolio del estado que no no deja producir nuestra energía pero que nos cobra como gente grande, mejor ni se los platico, no se trata de hacer llorar a nadie.
Y ya no voy a dormir en la cama de piedra. Mi espalda, mis hijares, mis piernas y mi cogote lo agradecerán, lo sé. Ya no despertaré como cuasimoda, como si hubiera dormido en el suelo como cualquier animal. Ya nomás me compro unas almohaditas decentes y ¡voilá! Espero soñar, que esa es otra cosa.
Sabiduría del mes: La felicidad puede venir de cualquier cosa, aprovechémosla.

jueves, 29 de octubre de 2015

Los amiboos yuna santa madre

Un día Dieguito, el más pequeño de mis hijos, me preguntó: "¿Qué vas a hacer mañana?". Yo, que soy tan sabia y que tras de chorrocientos años de casada he aprendido que detrás de esa pregunta vienen encargos sin importar lo que tenga una qué hacer ese mañana, quise saber por qué preguntaba. A ver si puedes ir a Liverpool a la hora que abren -me dijo candoroso. Eso es a las once, a media mañana -respondí azorosa. Es que salen unos amiboos nuevos y yo no me puedo salir del trabajo para ir a comprarlos -aclaró ruboroso. ¿Qué son esas cosas? -pregunté suspicaz.
Resulta que los amiboos son unos monigotes o figuritas de personajes de los videojuegos que de alguna manera, vía chip, cordón umbilical o telepatía, se conectan al juego cuando les ponen encima de una cosa. Se meten a la pantalla y participan de la acción como personaje. Le hice bastante ad-misericordiam al hijo, para que vea que nomás porque soy una santa iría. Me dio un buen billete para el efecto y fui apercibida de que tenía que ser a la hora de abrir o se acaban. O sea como si fueran birotes. Llegué al susodicho almacén previa estacionada en el mall y salí a la calle por una escalerita como de personal. Vi una cola de gente y me imaginé que ahí era. Al último de la fila le pregunté si era para los monitos y me dijo que sí aunque creo que se ofendió porque llamé así a sus amados amiboos, Me di cuenta de que yo era la única señora o mamá, los demás eran hombres jóvenes, entre los dieciocho y los treinta años, bastante digamos gachos. Si iban a gastar en comprar esos monos, ¿no podrían gastar en unos zapatos, o de perdida en un desodorante? Antes de abrir la tienda dos señores de traje pasaron con una lista recorriendo la fila. Traían anotados los nombres de los amiboos y cuántos les habían llegado. Yo necesitaba a Lucina o Robin, quien sea que fueran. Ya no había y llamé al hijo quien me indicó cuál comprara; se lo dije al señor de traje y de dio una tirita de papel rosa mexicano con el nombre del personaje que podía yo adquirir. Había, por cierto, límite de amiboos a comprar por persona. Me sentía tan estúpida ahí formada entre esos tipos con patinetas y mochilas que llamaban por teléfono ordenando a otros fodongos que fueran a tal o cual Liverpool. Le dije al empleado trajeado: "oiga, si ponen un anuncio solicitando gente para empleo estos seguramente no vienen, ¿verdad?".
Todavía no era hora de abrir el almacén cuando nos fueron pasando por una puertita misteriosa a una caja donde te cobraban el mono y te lo daban y pa fuera. Yo me esperé a que abrieran y eché un ojo a los zapatos que estaban carísimos. Luego Diego me informó que los amiboos salen sólo una vez y que los que hacen la cola los revenden a los coleccionistas ganándose unos buenos pesos, Yo, que soy tan buena, no le cobré nada.
Y esta semana leí un libro llamado Wilt, de Tom Sharpe, y me pareció que le gustará mucho a mi hermanote con su humor negroso. Le preguntaré si lo ha leído. Y leí Alfanhuí, de Sánchez Ferlosio, y pensé en Fred, Ídem.
Y hartita ya del día de muertos que aún no llega pero Coyoacán se cree Janitzio. Menos mal que la educación es laica, porque les meten a los niños estas supersticiones cada año con más enjundia. Y más menos mal que este fin de semana es la Fórmula Uno aquí, que esposo entretenido vale por dos.
Mañana viene el maistro a pintar el techo de la cocina y a reparar la fuente del jardín, que el agua se sale y es el club acuático de los pájaros. Agárrenme confesada. Miss Oaxaca pierde el tiempo porque le hace la plática al albañil. Wish me luck.




sábado, 3 de octubre de 2015

He vuelto

¿Qué dijeron, esta se murió? Pues no. ¿Ya dejó las letras para pasársela pintarrajeando monigotes? Pues tampoco. ¿Ya se largó a una isla desierta y no nos dejó la dirección? Menos.
Resúltase ser que la vida da de vueltas, unas más rápidas y otras más lentas. Yo, que soy tan sabia, me adapto a esas volteretas y manchincuepas circenses, aunque me maree, me aguanto como las machas.
Pero al fin las cosas (y las vueltas) se van asentando y yo me desmareo con la misma técnica que usaba de pequeña: dando giros en sentido contrario. A que soy sabia, ¿eh?
Y a pesar de que los dolores sean los mismos, los amores sigan en pie, los odios no se apaguen, vuelve a salir el sol, vuelve a brillar la luna con su carota de campechana para recordarnos que aquí seguimos dando la batalla porque la rama, manque cruja, no se quebra.
Y me sigo apuntando a todos los desmadres a que gusten invitar.
Hoy vi un coche muy re bonito. Venía yo con mi madrecita -cada vez más ita porque se ha encogido por ser de antes de la época del sanforizado, creo- por la calle y lo vi. Me detuve a observarlo pasar: Ford 1936 Coupé, negro, brillante, hermoso. Brand new. ¿Por qué te gusta tanto ese automóvil?, me preguntarán mis fans, y yo respondo tan campante: es que el primer coche que compré con mi propio peculio fue uno de esos. Estaba sin llantas, en primer, y sobre una puerta tenía pintarrajeado "se vende completo". Entré pues, al taller en la colonia Roma Sur y me mostraron unas cajas con un fierrerío que obviamente no reconocía yo. Claro que mi carita de diecisiete años hacía expresiones de ah sí, claro, desde luego, como si supiera yo de mecánica automotriz siendo que no distinguía un cardán de unas aspas de licuadora. Total me amarchanté, pagué cuatro mil quinientos pesotes que había juntado no sé cómo y llegué a mi casa muy feliz a decirle a mi papá que me ayudara a recoger el coche que había comprado. El pobre hombre, con esa cara de resignación que me dedicaba tan a menudo, me llevó, vio la  bola de chatarra y de regreso me dijo: "¿Qué vas a hacer con la carcacha? Yo, extasiadísima le dije que pintarla de amarillo con unas flamas padrísimas, achaparrarlo de adelante y levantarlo de atrás.... pero me interrumpió: ¿Cuánto te costó? Le dije y me soltó cinco mil pesos agregando: "no vas a deformar ese coche, es un clásico, mejor yo lo arreglo para que quede original".
Sobra decir que se divirtió como enano, con trabajos porque era muy alto mi pá, y lo dejó divino, azul marino, como nuevo pidiéndole las partes faltantes a su hermano el Gûero a San Diego. Yo sufrí.
Pero aprendí la lección. No estropear las cosas bellas de la vida, al menos los autos clásicos.
Y así vuelvo a la vida, espero que de mi modelo sí haya refacciones.



domingo, 28 de septiembre de 2014

Naturaleza salvaje

La naturaleza, dicen, es sabia como yo. Pero a veces se azota.
Hace nueve días cayó en esta casa de flores y chuchos una granizada tipo bombardeo nazi que dejó el jardín hecho jirones. No avisó con lluvia sino que comenzó en seco, como las malas noticias, haciendo un ruidazo tal en los domos que la gatita y yo nos asustamos bastante. Yo corrí a preguntarle a Diego si había pedido "granos", porque desde muy pequeño demostró sus poderes al decir "ojalá caigan granos (granizo en lengua bebé)" y se dejaron caer al instante tantas canicas de hielo como esta vez. Me dijo que no y bajamos a la cocina para meter a las perras. La mensa de Chela estaba debajo del emparrado y yo le llamaba para que viniera pero le daba miedo. Al fin acudió a mis llamados angustiosos indignada bajo el apedreo y cerrando los ojos a cada golpe. Duró mucho rato y todo quedó blanco y encharcado. Salimos a comenzar el recuento de los daños y nos dimos cuenta de que el emparrado se había caído. Por poco le cae encima a la pobre Chela.
Al día siguiente fue descubrir que los rosales, el olivo, los aguacates, la higuera, estaban rasurados. Los tomates despachurrados, las ramitas tronchadas y las bolas amoratadas, golpeadas y abolladas. Lástima, les faltaba poco para madurar. Las flores aplastadas salvo los alcatraces que aún no abrían; la citronella cacariza, perforada como la Nochebuena; el huele de noche hecho papilla; los helechos ralos. El naranjo, el aguacate, el limón y los lichis aguantaron mejor, pero a las diez de la mañana aún había hielo entero. Llevo varios días sacando hojarasca y ramas gigantes del Gran brócoli y del Brocolilón que son los fresnos centenarios; las más secas irán a la estufa de hierro para el invierno de la pulquería. Me ayuda el señor esposo, porque en Oaxaca hubo un desmadre, o sea que a Miss Oaxaca y a la Sustituta (es que da susto, la pobre) se les enfermaron las progenitoras. Estoy segura que ha de haber alguna festividad zapoteca por aquellos lares, pero en fin.
Y agarré un resfrío gacho por salir a pisar el suelo congelado en chanclas. Ya se sabe que existe una extraña conexión entre los pies y la garganta, así es la anatomía humana de rara, Me dio dolor fantasma: me dolía justo donde me amputaron las amígdalas cuando tenía catorce años.
Pero resfriada y todo fui a la presentación del libro de la mamá de Ana, amiguísima de la preparatoria. Fue un acto muy amoroso, comelitoso y bebedoso entre buenas cuatitas que compramos el libro muy monas. Me apalabré con las de la editorial porque me sonaron bien. Luego me lo pensé porque dejaron bastantes faltas ortográficas, pero como yo, que soy tan mona, no uso corrector sino al contrario, corrijo, no me importaría mucho, a ver.
Y me embarqué en apoyar al profe de pintura con cuatro clases a la semana porque le van a operar. Como si no tuviera que hacer y justo ahora que me quedé desoaxacada. Pero nobleza obliga, el profe siempre ha sido muy bueno conmigo y le tiene harta paciencia a mi mamá que da dos pinceladas y pregunta qué estaba haciendo; da otras dos y vuelve a preguntar...ad infinitum. El otro día ya tenía hecho un suelo de barro muy lindo frente a una chimenea y se puso a embarrarlo de azul cobalto alegremente, le pregunté por qué y sólo me dijo: "no importa, ahorita se lo quito con un trapo". El alzheimer me la está volviendo surrealista.
Por otro laredo, al fin salió la colección de películas de ocho y dieciséis milímetros de mi papá que se donó a la Cineteca Nacional. Nos las entregaron en un DVD de formato súper computarizado e hicimos cinito con palomitas y todo. Pensé que iba a llorar por estar viendo a mi papá, a mis abuelitos, a mis tíos que ya no están, pero no. No sé si mi mamá aguante verlas porque sale mucho su padre y últimamente le ha dado por acordarse de él y anegar los ojitos... Salió un rollo que no recuerdo yo, no sé porqué lo tendría mi papa. Son tomas inéditas del dos de octubre de 1968 en Tlaltelolco. Es fuerte.
Sabiduría de la semana: cuando veas el jardín de tu vecino congelar pon el tuyo a tapar.

lunes, 25 de agosto de 2014

¿Seré?

A ver si después de tantos años de presumir de ser tan mona va a resultar que no lo soy tanto. Mira que abandonar tantas cosas, entre ellas este humilde, sencillo pero honradísimo blog.
Las actualidades van surtidas, como las tallas de los calzones. Desde un viaje con amigas, en plan viva la Pepa, a Huamantla, Tlaxcala, donde estuvimos en la hacienda de una compañera del colegio y donde tuve, por tres días, catorce años. Fue treparme a los árboles a comer ciruelas de diferentes clases; fue disfrutar de un ataque de risa imparable a la una de la mañana; fue subirme a escondidas al coro de la capilla y cantar el Ave María yo sola. Fue cantar con la guitarra, bailar, actuar como en las fogatas, sólo que ahora en lugar de chocolate una toma sus cubas, que los catorce años iban sólo por dentro. Me dicen las amigas que yo era una latosa y que hacía bullying . ¿Seré?
También sufrí mi cuota de trámites-robo del Gobierno del D.F. Ya sabemos que la tarjeta de circulación caduca cada tres años como atún en lata (y eso que es de plástico), y hay que cambiarla. Para eso le piden a uno copias fotostáticas de cada tenencia, tarjeta anterior, identificación, comprobante de no robo, factura del coche (que ahí va uno cargando peligrosamente en el carro), y demás. Menos mal que es tránsito y ecología, según ellos, para que terminen en basura. ¡Pero si se ve en internet que tiene uno todo pagado! -les decía yo ya burlándome-, pero nada, se quedan con sus jetas de "ya lárguese que quiero tragarme mi torta de tamal seboso". Un asco, además, el local donde se realiza el absurdo y tarado trámite.
Y sufrí muchas otras cosas más, que una, no se crean, tampoco es de hule y suele acongojarse por las situaciones económicas, morales, físicas y espirituales propias y de quienes la rodean. A veces dan ganas de desligarse...
Y terminé un trabajito e imploro a los Santos Chambeadores por otro. No sé si ponerle una palmera californiana a San Pancracio, porque el perejil como que ya le aburrió, yo creo. Por lo pronto en que sale ganón es el marido, porque me da por cocinar y hornear. He hecho pan de tocino y queso, de aceitunas y perejil, de cebolla, de dulce, hasta que se me termine la bolsa de levadura. He confeccionado galletas de colores y pasteles decorados;  papas viudas, chop suey con arroz, caldos gallegos y hasta chiles en nogada pasando por carnes, pollos y verduras. Por cierto que hoy es su santo, no que lo celebre ni que se acostumbre o incluso que se haya dado cuenta, pero lo es. St,. Louis Rey de Francia. No va a ser de cualquier Luis mundano mi esposote y, junto con él, Diego.  Creo que mañana o pasado haré mole... así estoy.
Otros ratos los dedico a la pintada. Cuadros muy pequeños, para sentirme así como señora victoriana, de lugares que he visto y pisado. Y alguna pared también, por ejemplo la lavandería de casa que ya estaba muy gacha. Y para la noche leo. Como me tocó la feliz herencia de los libros del papá de mi amiga Coco (gracias Coco), me he echado unos novelones del XIX de esos que nunca había leído, como Jane Eyre, Emma. Descubro autores como Turgueniev con El primer amor, Vasco Pratolini con Crónica familar; Saul Bellow con las Memorias de Mosby y leo a los ya por mí conocidos.
Se aceptan herencias.
Sabiduría Gratis: Si Coelho vende sus frases, venderé las de mi invención, que son igual de perogrullas pero más bonitas.






sábado, 21 de junio de 2014

La odisea del Moisés

No hablaré de la odisea de Moisés el bíblico, ni de sus andanzas; ni de algún otro Moisés famoso. No.
Este era un moisés, así, con minúscula, que quería ser enviado a lejanas tierras sonorenses. Resulta que por allá no hay esas cestas de mimbre que se usan para colocar a los bebés una vez decorados, equipados con su colchón, sus cobijas, almohaditas, protectores y base. Entonces había que buscarlo aquí en México, donde están en desuso y han sido reemplazados por artefactos más modernos.
En el mercado de San Ángel  no hay ya, y eso que encuentra uno hasta basinicas de peltre; en el de Coyoacán sólo había uno. Parecía que la tabla del fondo estaba rajada pero no, el buen marchante me explicó que al ser tabla de madera se unen dos para armarla, mientras que otros -no sé cuáles porque no hay- son de vil triplay y por eso se ven de una pieza. Bueno -pensé yo que soy tan mona-, total el colchón la tapará. Entonces me amarchanté y averigüe cómo enviarlo. Por paquetería cobraban cuatro mil pesotes, lo que me hizo pensar que con esa lana mi prima bien podría comprarse una cuna en Las fábricas de francia o del otro lado de la frontera y así se lo hice saber. Quedé de investigar con Correos de México y la diferencia era abismal: cuesta muchísimo menos.
Una vez hecha la labor de apalabramiento y tecnología del envío, metí en mi bolso dinero, carrete de cáñamo, cuter, cinta transparente y me dirigí al centro de mi pueblo. Pasé por casa de mi amiga Gary y la llamé: "bishi bishi" y sigue sin aparecer. Van semanas que no la veo, aunque haga bueno que es cuando más la veía sentada en la acera o trepada en la barda e inmediatamente acudía a que la saludara. No quiero preguntar en su casa... En el mercado compré grenetina y dos cajas de cartón porque dado el tamaño de la cesta no cabía en una, y no cajas de huevo porque por salubridad (sic) no permiten usarlas en correos. Tampoco puede uno usar cajas con propaganda, es decir, que tengan letreros de lo que originalmente llevaron como servilletas, pañales o latas de frijoles. Pero yo, que soy tan sabia, pensé que ya que debía desarmarlas para hacer una con dos, podría armarlas al revés, con las leyendas hacia adentro y la parte limpia hacia afuera.
 Acudí al puesto de las cestas y no estaba mi marchantito, sólo un joven autóctono que jugaba en su celular sentado en un banquito. Él me dio la canasta, me recibió el resto que debía, y me ayudó a desarmar las cajas, atándolas para que las pudiera cargar hasta la oficina de corrreos.
Y así salí, dándole cestazos a cuanto peatón o puesto se me atravesaba y cambiando la cunita de mano cada cien metros para evitar gangrena digital. Cuando pasé por la panadería mi amiga se rió de mí y hasta me preguntó si iba a tener un bebé. Llegué a la oficina postal y comencé el trabajo de embalar mi bultote. Cargaba, cortaba cartón sobrante, sobre una mesa alta y angosta, pegosteaba la cinta que se me caía y rodaba enredándose sobre sí misma para desperdiciarse, ante los ojos pazguatos y jetones de las horrorosas empleadas que me miraban impávidas mientras se rascaban algo seguramente (su mostrador sólo deja ver sus jetas). Cuando consideré que más o menos había logrado hacer una caja con dos y me secaba el sudor, me dijo una que tal vez mi empaque excedía el tamaño oficial y con gran angustia y pujo lo cargué y coloqué ante sus carotas para que lo midieran. ¡uf! Pasó. Yo ne preguntaba qué nombre llevaría la deforme figura geométrica que había creado y qué enseñarán en el taller de cartonería.
Entonces la tipa de la derecha se dignó abrir la boca y me dijo: "ahora tiene que forrarlo con papel estraza o kraft, y tiene que usar cinta canela, no transparente". Okei, dije, se lo dejo tantito, y atravesé la calle a la papelería que vive de vender lo que estas nacas piden. Volví y de nuevo sobre la mesa alta forré el bulto lo mejor que pude, alzando a cada rato el papelote que se enrollaba y caía cual alfombra roja de Hollywood, mientras clientes iban y venían y me veían con extrañeza. Comencé a atarlo para ser interrumpida de nuevo: "señora, le dijimos con lazo, no con hilo". Yo sólo contaba con el pedacito de raffia con la que el marchantito jr. me había amarrado las cajas pero el policía se compadecío de mí y sacó una madeja hecha de retacitos y me ayudó. También me ofreció un plumón para poner los datos de envío.
Puse mi paquete para ser pesado y timbrado con gran orgullo, pagué y me fui. Al ver mi reloj me di cuenta de que había pasado una hora envolviendo y de que no tengo vocación de paquetera, pero de que una prima querida bien vale una odisea.
Sabiduría de la semana: Hay oficios que parecen muy fáciles hasta que los intentamos.



miércoles, 21 de mayo de 2014

Ir, volver, ir, volver.

Eso tiene la vida a veces, que una va y vuelve como las estaciones.
Total que me trepé a esta tendencia y me fui. Y volví.
Y vi cosas que mis ojitos no conocían, como las cigüeñas, que a pesar de que me han dejado dos bultitos ya nunca las pude ver con eso de que la anestesian y drogan a una para que no se dé cuenta de nada. Son unos pajarazos que ponen sus nidos en lo alto y que crotorean (¿qué tal la palabrita, eh?) alegremente y levantan el vuelo cuan pesadotas son con sus patotas colgando y sin estamparse con las tantas golondrinas que dan vueltas todo el día a lo tarugo y se acercan a las paredes de piedra casi chocando y haciendo su chillido murcielagoso todo el santo día. No sé cómo con tanto rechinido se podía inspirar Santa Teresa, si hasta llevaba riesgo de que una de estas aves la embistiera en plena cara al salir de la capilla al patio del convento. No logré ver los bebesitos escondidos en los nidos, ya será otra vez. También vi varias fiestas populares de esas que salen en los documentales y que de churro me tocaron, como el inicio de San Isidro.
Si bien dicen que viajar ilustra y además enriquece el alma aunque empobrezca el bolsillo, pero este se puede recuperar. La cintura, si se pierde en algún viaje, como en San Francisco, también se recupera al volver a la normalidad. Cosa de volver a la alimentación habitual y al ejercicio en su forma de trabajo, que da menos hambre que la modalidad paseo. No es lo mismo desayunar y comer en restaurantes, cenar bien cuando en casa uno merienda cualquier cosita, e ir probando las novedades que los aparadores, sobre todo los de las pastelerías y confiterías, ofrecen sin pudor a los viandantes sin preguntar si los pueden digerir.
Y no es lo mismo ver a los hijos en casa que a través de el Skype. Viene a ser, dado el carácter de mis criaturas, como ver el show de los Muppets en versión stand up comedy. Claro que una coopera, que no digan que por andar de paseo una es floja, haciendo muecas y completando la acción verbal. Pero verles de lejos da otro enfoque, como en los toros. Oírles hablar y reír es muy bonito. Y ver la cara de alegría del "pequeño" al mostrarle su pieza entera de queso Cabrales nomás para él no tiene precio. Creo que soñó con él hasta que se lo dimos en propia mano.
Porque viajar nos deja ver lo lindo de otros lugares y conocer un poco sus problemas, para poder renegar de lo que no nos gusta de casa y valorar lo de bueno que tenemos. Nos hace comparar, queramos o no, un país con otro, una población con otra, y si la nuestra sale perdiendo en unas cosas, sale ganando en otras así que todo queda en empate sin necesidad de llegar a penalties. Por eso vuelvo contenta, llena de imágenes, sabores y abrazos.
Por cierto que viene la cosa del futbol. Ya en mi viaje aluciné con varios partidos pero lo del mundial me cuesta trabajo siempre. Lo mejor que una puede hacer es agarrarlo de pretexto para reunirse con amigos y parentela surtida a comer y pegar de gritos muy incivilizadamente:¡ goooooool!, ¡qué brutoooo!, ¡falta! y demás mantras futboleros.
Sabiduría gratuita: Mientras juega la selección habría que estar pendientes de otras cosas, que nuestros gobernantos suelen meternos goles aprovechando la distracción general. Lo bueno es que sólo durará los partidos que son a fuerza, los primeros.


domingo, 30 de marzo de 2014

La lucha

La lucha es mucha y no hay peor lucha que Lucha Villa.
Por eso y porque se me dio la gana, vaya, me uní al movimiento No Parquímetros en Coyoacán. Ha sido marchar, hacer valla ante granaderos, desfilar, hacer cadenas humanas, gritar hasta el desgañote, pegar propaganda que la delegación quita (dejando los plásticos y pegotes de publicidad de todo tipo, claro) y repartir volantes hasta la demencia.
Cómo, si no, íbamos a conseguir que mil vecinos se acercaran a emitir su opinión negativa en la consulta de la colonia. Y todo para que el INAH, que es del gobierno desgraciadamente, dé su permiso. Anda, nena -le dice a la delegación- ve y pon tus aparatejos para que acompletes tu gasto, que no te alcanza con el presupuesto más las mordidas. No importa, nena, que en esa zona paguen los prediales más altos de la ciudad, que se jodan, la clase media es para partirla por la mitad. Así se sentirán en París, aunque no ganen en euros; así sacarás mucho más dinero para tus reventones, pero eso sí, haces mutis cuando permita yo barbaridades en la zona.
Y la niña Delegación (si algunas se llaman Purificación y Angustias, bien una niña puede llamarse Delegación) de la manita de su mascota Ratoledo sale corriendo feliz a pintarrajear piedras antiguas y a colocar armatostes en las angostas aceras coloniales para que las personas con silla de ruedas puedan atorarse más. Va feliz dándoles de palos a las gentes que le dicen que si respetara el uso de suelo las calles estarían vacías y haciendo oídos sordos a sus voces.
Esto, aviso, significa guerra. Por si las dudas ya desenterré del clóset toda mi ropa de comando que no usaba hace tiempo y que, para que les de envidia, me queda aún. Me falta el maquillaje camouflage... no importa, Max Factor al rescate. Y cola-loca para las monedas, claro. El GDF es tan rata y tan asqueroso que ahora que sacó un "empadronamiento de mascotas" vocifero que no hay que hacerlo, seguramente quieren cobrar impuestos por cada chucho perico y poblano que tenga una, o poner perrímetros en las aceras para cobrar por sacar al perro de paseo.
Con tanto borlote, juntas, marchas, bloqueos de avenidas, mentadas de madre y de padre, se me juntó el trabajo y voy lento. Tengo que apurarme retiharto que a fines de abril me voy de vacaciones y esa es otra, me falta hacer varias reservaciones y ya me entró el nervio previaje. Y eso que es un viaje en el cual se aplica lo de la tercera es la vencida". Ha sido aplazado dos veces por razones pendejoides.
Y para colmo, espero que el refrigerador aguante. Hace unos ruidos que no sabe una si darle una patada o acariciarlo para que ya no chille, como con los hijos, pues. Por las noches, si se queda abierta la puerta de la cocina, le oigo rechinar y silbar como el robot aquel de la película del Piporro que se enamoró de la rockola. Luego gruñe o medio murmura. Y la lavadora, ya también achacosa, no exprime bien. Siempre van en grupo los aparatos para descomponerse. El otro día mijo el Manolo alias Manny lavaba sus prendas y el refri empezó a hacer el canto de las ballenas. Ya está viejo, le dije. Él alegó que no e hicimos cuentas de cuántos años tiene e insistió. No sabe que los años-aparato doméstico son como los años perro. Claro, los suyos tienen dos años a lo más. No se lo dije para no traumarlo, soy una madraza.
Así las cosas, sigo en mi humilde trinchera defendiendo los derechos de los traductores independientes, de los habitantes de Coyoacán y de los electrodomésticos de la tercera edad. No me canso. Si no me canso de tratar de educar a Chela, para que comprenda que no todos los objetos de este mundo son para romper y que no toda la tierra del planeta es para escarbar, menos de luchar. Mejor pensaré en los caracoles que me comí hoy. Meditaré: caracolesmmmmmmmm caracolesmmmm.... Nada como las técnicas orientales para el stress: el chop suey y el chow mein.
Sabiduría gratis: Tomen el sol antes de que Mancerda et al comiencen a cobrarlo. Lindas las granizadas de primavera de fin de marzo, parecía nevado el paisaje citadino. Lo malo es que pelaron a las pobres jacarandas y su hermoso color quedó como alfombra en el suelo.









lunes, 24 de febrero de 2014

No lo vuelvo a hacer

Heme aquí, como siempre y como nunca.
Como siempre equilibrando mis varios frentes de batalla con un frenesí digno de Mc. Arthur, ese el de %&$# los japoneses. Hoy me hallo trabajando entre cajas de cartón y de madera, muebles varios, mesitas, mesotas y mesillas; libreros y espejos; guitarras y cojines, mientras la lavadora hace lo suyo y el marido se engorila con tanto entradero y salidero de trabajadores. Es que se me ocurrió que vinieran a lavar la alfombra, que abarca mi pieza, el estudio del esposo y el hall de arriba al que llamo librería porque es muy mamón decirle biblioteca (si la organizo un día tal vez se gane el título). Cambiarla por una nueva me parece muy oneroso económica e histéricamente. He visto la cantidad de basura que sale: el tapete, el bajoalfombra, dos toneladas de tierra, clavos, palos y las nubes de tierra que vuelan, así que entre esa monserga y el dinerote que se requeriría, el cambio, que espera desde hace siete años, seguirá en stand-by. Mientras, me dije, una buena lavada gracias a las artes del hermano de una amiga, que será menos lata y trabajo. Hasta que la realidad me alcanzó: hubo que ir quitando desde el sábado todo lo que ahora está en mi estudio que, menos mal, tiene piso de madera, y hoy por la mañana sacar los cajones de la cama de piedra porque si no no la hubieran podido mover los tres señorcitos que vinieron, encerrar la pobre Sushi Pachita María del Fungli para que no se salga; advertir a los lavadores que no respondo chipote con sangre si Chela se roba y come algo del equipo que dejaron en la entrada de los coches y que ella verá como coloridos juguetes: guantes, botes, trapos y esponjas padrísimas, es demasiada tentación para ella, y estar al pendiente lo que aparentemente llevará cuatro o cinco horas. Menos mal su aspiradora y su lavadora son muy silenciosas, la mía hace un ruido infernal que asusta a la gatita y enerva a los demás. Algo es algo, dijo un  calvo...
Y no es que me meta en líos, yo. Cualquiera que lleve una casa sabrá que es normal que acudan trabajadores a hacer arreglos, lo que pasa es que o nunca elijo el momento oportuno o simplemente ese momento no existe. Digamos que elijo un día en que estaré en casa, pensaría que no me dejan hacer nada ahora que podría estar trabajando, pintando o remodelando. Si lo hago un día en que el marido está se pone de los nervios y ya se sabe, un marido histérico no conviene; pero si no está acabo agotada de bajar a abrir a cada rato y estar al pendiente yo sola de todo. Lo ideal sería irme al parque a trabajar y dejar a los señores pero ¿y los perros?, ¿y la gatita? Además están pregunta y pregunta que dónde cogen agua, que dónde la vacían, que dónde iba mi sillón de Niña de Atocha... Total, un problema ético irresoluto.
Y en este momento me acordé de aquel limosnero que pedía un pedazo de pastel y una malteada en lugar del consabido taco porque era su cumpleaños, ya que uno de los limpiadores, el que parece con más autoridad de ellos, me pide refresco. Así: "seño, ¿no tiene refresco que nos regale?". Pues bueno, les doy una botella de Coca-Cola grande y ya empezada que quedó de la fiesta de mis amigas la semana pasada, y unos vasos desechables. El tipo señala una foto de la pared: "¿es usted, seño?". Creo que no habían visto una Miss Sinaloa más que en las noticias. Raro el tipo, son diez grados más allá de Manolín y Shillisnky. Así que ahí andan, limpiando, tomando refresco y conversando que si expulsaron a fulano en el partido del América y si el Toluca ganó. Ahora en el estudio del esposo están viendo los pósters de cine y comentan si han visto tal o cual película de Tin-Tan o de Clavillazo. Santo Dió.
La fiesta de mis amigas resultó de lo más divertida. Hubo comida, platicadotas, rifa, neteadas, apoyos, risas de todos los volúmenes, cantada con la guitarra y les puse la discoteca. Bailamos harto y acabamos a las doce de la noche. El clima ayudó, la luna nos acompañó a las cuarenta y dos que nos reunimos a festejar todo y nada, nada y todo. Eso sí, acabé extenuada con todo y que conté con ayuda previa al evento de mis hijodontes y maridazo y simultánea de Miss Oaxaca, como si me hubiera ido de campamento nacional. Vaya, que necesito entrenarme pero de caminar, no de batallar, para irme de viaje. Otra cosa que creo que no vuelvo a hacer al menos no próximamente.
Así que seguiré mientras aquí chambeando tan mona yo, mientras tomo mi café por el cual he de bajar a la cocina porque la cafetera de acá arriba -comodidades que se quedaron de cuando estaba yo de Frida Kahlo- hubo de desconectarse y moverse, hasta que dé la hora de calentar la comida....
Gajes del oficio, pues'n.








sábado, 1 de febrero de 2014

CATALOGO DE COSAS NECESARIAS PARA EL HOGAR Y SU DESCRIPCIÓN, CON APARTADO ESPECIAL SOBRE LA MANERA DE ADQUIRIRLAS

Para formar un hogar se requiere de muchas cosas, lo primero es conseguir el marido. El marido es una cosa que nos pasamos toda la vida civilizando, pero al que queremos más cuando se porta como un bestia. Un buen marido es dificilísimo de conseguir pero, si se encuentra tal garbanzo de a libra, debe cuidarse y no sobre explotarse, a riesgo de perderlo o matarlo a punta de corajes como suele pasar hasta en las mejores familias.
Luego, hay que hacerse de una casa. La casa es una cosa que queremos cada vez más grande, con más piezas, muebles y jardines, pero que cuando se nos ocurre limpiarla deseamos ver más pequeña: sin escaleras, con un sólo baño y cuarenta metros cuadrados de superficie total.
Vendrán, si Dios nos da licencia (o carné si vivimos en España), los niños que, por el contrario, son unas cosas que crecen cuando no queremos que lo hagan, y que, cuando queremos que se porten como mayores, vuelven al estado fetal para ser doscientos por ciento dependientes.
Para llenar la casa y hacer la vida diaria agradable y práctica se necesitan más cosas. Los muebles, por ejemplo, son unos objetos más o menos grandes que se llenan de otras cosas porque tienen puertitas, gavetas y entrepaños y que, entre más espacio de almacenamiento tienen más retacamos, hasta que no nos cabe más y compramos más muebles o una casa más grande. También llevan más cosas encima: adornillos, polveras, jarrones, fotos, carpetas y demás parafernalia para sacudir y lavar.
Los tapetes y alfombras son unos trapotes gruesos cuya principal función es guardar polvo para poder aspirarlo después o exacerbar la alergia del niño para darnos pretexto de negarle el permiso de ir a la fiesta. Las cortinas tienen igual función pero además sirven para aislarnos del mundo exterior y salvaguardar nuestra vista de la vecina con su bata capitonada con finos decorados de yema de huevo y chorizo y sus tubos de plástico de la Casa Barba, o del guapo vecino que luce su abotagado abdomen mientras se rasca, cerveza en mano, llevando puestos unos bóxers más aguados que su papada.
Los electrodomésticos no deben faltar en el hogar feliz: el refrigerador, por ejemplo, es un clóset que enfría la comida para que podamos darnos el gusto de calentarla para la merienda. El horno de microondas es un habitáculo en el que no debe meterse gatos ni pajaritos, so pena de llamarnos nazis, y mucho menos tenis a secar so pena de que se derritan como los del hijo de mi amiga Lulú. Es mejor usarlo para calentar la merienda habiéndola sacado del refrigerador. La aspiradora es una especie de escoba eléctrica que las sirvientas odian y que usamos nosotras los domingos para limpiar la casa de ramitas de escoba de mijo que dejan regada y pegada en los tapetes, y las telarañas que no ven debido a una extraña costumbre ancestral que impide voltear para arriba y no deja ver la mugre de encima del refrigerador, de la campana de a estufa o las lámparas. Tiene este aparato la enorme ventaja de hacer ruido tal que no oye una el teléfono cuando llama la suegra.
 La licuadora es un eficientísimo adminículo que hace salsas, sopas, papillas, purés y gazpachos en menos de lo que canta un gallo; lo malo es cuando la gente cree que la hemos usado para peinarnos. También hace un ruido capaz de entrenarnos para cuando volvamos a ir a las discotecas, destripando no solamente tomates y cebollas, sino también el lema que cuelga de la puerta: “hogar, dulce hogar”
Pero una máquina que indiscutiblemente da muchísimo servicio es la lavadora. La lavadora es un artefacto al que hay que echar la ropa para que se paseé  luego de que una ha tallado puños, cuellos y rodillas, que nos rompe la ropa para que tengamos qué hacer en el costurero y que la jalonea para que tengamos pretexto para comprarnos más vestimentas. Se trata de una cosa que hay que vigilar recelosamente o corremos el riesgo de morir ahogadas en una inundación de lavandería, o aplastadas cuando decide caminar hacia nosotras en cadente pasito tun tun.
La ropa, por cierto, es un conjunto de trapos más o menos coordinados que varía según temporada y que cuando ya no nos queda nos negamos a tirar en la esperanza de que nos vuelva a entrar y que, si nos queda guanga, la guardamos por el gusto de ver que se nos cae. De todas maneras no nos la ponemos toda y le damos vuelta a algunas prendas todo el año. Todo esto se guarda en el clóset, en que van también los zapatos.
Los zapatos son unas cosas van en los pies y que parecen cómodas al probárselas en la tienda pero al caminar tres metros en la calle aprietan y marcan los pies, sacan callos, ampollas y juanetes, volviéndose instrumentos de tortura que van a parar al clóset junto con la ropa guanga y la que ya no nos entra, regresando nosotras a nuestras adoradas chanclas viejas, si no cometimos el sacrilegio de tirarlas. Si son muy altos sirven como entrenamiento circense y para entorpecernos en caso de persecución; si son muy bajos nos veremos fodongonas y chaparras; si son blancos harán la pata lucir más grande y si son blancos y sin tacón nos dan un look de enfermera que resulta muy profesional.
Las bolsas, que también van en el clóset, son unas cosas que compramos con dinero para meterles dinero y que duran más que el dinero que les metemos. Cuando no tenemos dinero, aún así usamos bolsa para guardar cosméticos, cigarros, monedero, cartera, dulces, klínex, kotex, tampax, alguna medicina, juguetes de los niños, agenda, teléfono celular, un libro por si hay que esperar un rato, pluma, lápiz, diúrex, el último CD de nuestro cantante favorito, tarjetas de presentación, de crédito, débito y más. El clóset y las bolsas, como se ve, son expandibles.
Los cosméticos son unas pinturas y menjunjes con poderes mágicos que compramos para vernos más hermosas y más jóvenes pero que cuando nos las embarramos nos desencantamos y cuando nos las quitamos nos asustamos; algunas hasta despellejan. Para ir a adquirir todas estas nécessités es buenísimo contar con dinero en abundante cantidad y de preferencia con un coche.
El dinero viene en varias presentaciones. La morralla o sencillo, que hace mucho bulto y resulta pesada, por eso también están los billetes, representaciones en papel de las monedas. Se usan también los cheques, en el mismo material, y el pago en plástico, que es indoloro al momento de comprar pero muy punzante a la hora de pagar. El dinero es un buen invento porque se puede cambiar por cualquiera de las cosas y servicios necesarios para el hogar, resultando muy difícil hacer trueque entre ellos: las tiendas aún no aceptan zapatos usados a cambio de suéteres nuevos ni lavadoras descacharradas como abono de televisores, amén del problema que representaría cargar con estos objetos a las tiendas y del descomunal tamaño que los monederos tendrían.
El coche es una cosa que nos saca muchas renegadas igual que un hijo y al que hay que mantener como si fuera un hijo, con la ventaja de que si nos harta podemos cambiarlo por otro e incluso quedarnos sin ninguno. Otro punto a favor del coche es que es más fácil hallar donde dejarlo, aun en las grandes ciudades, que encontrar dónde o con quién dejar a los niños, sobre todo si de salir de noche se trata. A veces el coche lo maneja otra persona, lo cual, si no se tiene chofer, nos lleva de vuelta al marido.

De manera que el marido es el primer artículo necesario del hogar.

martes, 14 de enero de 2014

Reflexión de enero

He ahí a nuestra singular heroína o sea yo, debatiéndose en una de sus ya conocidísimas batallas. Vela pasar la gente y salúdale con especial deferencia y atención. Pero ella no ve más allá de sus narices porque ha decidido, en un desafío anacorético a la humanidad, ver el mundo a través de ojos entrecerrados,  para encontrar la fuente de la eterna inspiración.
Al ver la expresión que su rostro adquirió, algunos se preguntaban si habría contraído peligrosa infección oftálmica; otros si estaba perdiendo la vista y esto le hacía fruncir la cara. No faltaron los que, algo más aventurados, olfateaban el aire en busca de alguna pestilencia que la estuviera forzando a hacer esas extrañas visiones. Pero ella seguía impertérrita, como su padre le había aconsejado hacía muchos años que actuara cuando no tenía una idea de lo que estaba haciendo de manera que los demás pensaran que actuaba con gran sabiduría.
Trataba a los demás con displicencia, unas veces como obviándolos y otras sin siquiera verlos, lo que le hizo tropezar en varias ocasiones con sendos cuerpos humanos que se atravesaron en su bien trazado camino hacia lo desconocido. Caminaba como esos perros que saben perfectamente a donde van, y que, si les llama uno, voltean la cara sin dejar de avanzar rápida y directamente hacia su objetivo. Esto despertaba la más acuciosa curiosidad en las gentes, que estaban seguras de que sabía a donde dirigía sus decididos pasos. Así, a varias personas les dio por seguirla hasta que ella se cansó y, sin darse cuenta de que detrás venía una turba humana, sentose en la mesilla de un café que ofrecía sus servicios al transeúnte y se dispuso a observar a su alrededor.
Volteaba la vista hacia un árbol que estaba enfrente y le miraba como si fuera la única cosa en el mundo entero. Por varios minutos le observó, entrecerrando los ojos, hasta que el árbol se convirtió en su vista en una informe masa verde. Algunos de sus seguidores habíanse esparcido ya, y los pocos que se quedaron por no tener nada qué hacer seguían mirando el árbol como si de gran maravilla se tratara, codeándose entre ellos con caras de interrogación. Volteó la apretada vista hacia una menesterosa mujer que, cargando un infante chamagoso y jiotoso, alargaba la mano hacia ella con lastimera mirada. Depositó unas monedas que sacó de su talega en la sucia extremidad y entonces quedose quieta. Una sonrisa extraña llenó su rostro de emoción, tomando una expresión como de santo iluminado. Pagó el café, se levantó y, ya sin fruncir los ojos volvió lo andado con parsimonia y tranquilidad. Entró a su morada sin despedirse de quienes tan atenta y curiosamente la seguían para dejarles en la acera con un palmo de narices que tuvo cuidado de no pellizcar con la verja de metal.
Sentose, aún con la faz que resplandecía de armonía, para escribir esta gran sabiduría que descubrió arrugando la cara y viendo el mundo a través de ojos medio cerrados que no aprecian sino lo superficial. ¡Cómo no Lili, que ve tan mal, había desentrañado tan profundo misterio de la vida!:
“El mundo es, lo miremos como lo miremos, siempre la misma mierda”
Tomó lo escrito y lo analizó, pensó en ello durante dos minutos con veinticinco segundos, y en una veleidosa decisión le cogió disgusto. Con pesadumbre, empuñó sus llaves y salió de nuevo al día gris, frío y húmedo que había afuera. Caminó en otra dirección esta vez, de nuevo con los ojos que ahora llamó medio abiertos en lugar de medio cerrados en un esfuerzo por ser optimista, y hubo de esperar unos minutos para atravesar una calzada que corría por ahí. Vio a través del río de coches que pasaba, colocando su vista en la acera de enfrente, truco que sirve para no marearse en las grandes ciudades y que evita muchos sustos al ver las caras tan antiestéticas de los conductores de los automóviles que raudos circulan. Recordó con nostalgia al Negro, el perrote que cruzaba las calles viendo hacia donde iba y sin jamás voltear a ver el tráfico, salvándose muchas veces por milímetros de morir atropellado por algún desenfrenado carruaje y dando mucho trabajo a su ángel de la guarda. Entonces dio media vuelta, anduvo, volvió a entrar a su casa, a sentarse y a escribir:
“Si ves los obstáculos, es que has perdido de vista el objetivo”
Este pensamiento, como ya lo había tenido alguna vez, no le satisfizo por completo y, un tanto cuanto exasperada, dirigió sus pasos a la vía pública por tercera vez. Encaminose cariaceda hacia el parque cercano, y sentose en la primera banca que vio para pararse inmediatamente echando pestes: habíase sentado sobre inmunda plasta de extraña materia pegajosa que en el acto se aglutinó a su ropa. La desesperación aumentaba y a ella sumose la indignación de verse entarquinada de tal manera. Con este estado de ánimo avanzó hacia la siguiente banca y se sentó, no sin antes haber examinado minuciosamente el asiento. Ahí volvió a hacer el ejercicio espiritual de entrecerrar los ojos y tratar de ver el mundo a través del rimel que teñía sus pestañas.
Volteó acá y allá, siguió con la vista fruncida a una octogenaria que caminaba hacia la fuentecilla que  trataba en vano de alegrar el día. Como la viejecita caminaba despacio el ejercicio duró bastante alcanzando a respirar varias veces y a tranquilizarse el espíritu. Un vendedor de dulces pasó a su lado tratando de tentarla con su mercancía pero nuestra protagonista en un denodado acto de estoicismo dietético propio de enero, no volteó a ver las golosinas sino al vendedor, quien mejor se alejó a rápido paso al interpretar los ojos apretados como una mirada  llena de odio.
 Volviose ella a sentir desasosegada al ver que nada acudía a su mente, cuando, aun con los ojos estrujados y que ya daban qué hablar entre las viejas chismosas que acudían a cuanto rosario y función había en la iglesia del parque y que la veían veladamente tapándose la cara con el rebozo unas, con la hojita parroquial otras, reparó en la torre de la pequeña y adusta construcción colonial. Era una torre sencilla, sin pretensiones, blanqueada a fuerza de siglos de caliche, y la siguió con la vista apretujada hacia abajo. El blanco de sus muros contrastaba contra el gris plomizo del cielo que estaba decidido a estropear el día en cualquier momento con un chaparrón. Más abajo, el techo de la nave del templo, que recordaba más una ermita que una iglesia, era de rojos ladrillos. Donde terminaban los ladrillos sobresalían vigas de madera que sostenían la techumbre quién sabe desde cuando y un poco más abajo había unos ventanucos con sencillísmos vitrales sin más diseño que el tener unos cuadros de colores sepia, mostaza y naranja. La puerta del templo, que lleva el poco pretencioso nombre del Señor del Buen Despacho, ahora cerrada, evitó que su mirada recorriese el interior, pero sus ojos enjutados tuvieron una extraña visión estereoscópica y en technicolor en la cual estaba abierta: ella, muy joven y dando el brazo a su padre, descendía de un automóvil vestida de novia y entraba por el corto pasillo de la nave. Pensó en su progenitor, en sus palabras de ese día, en su flamantísimo y mancebo esposo esperándola; se rió sola para regocijo de las viejas chismosas y embozadas que no dejaban de mirarla con inquietud, al recordar aquel día soleado de abril.
Entonces volviose a su casa casi corriendo, con los ojos abiertos como monigote de caricatura japonesa, dejando a las viejas persignándose y escribió inmediatamente:

“La vida es, no importa cómo la miremos, una sucesión de momentos maravillosos que vale la pena recordar escribiéndolos antes de que se nos olviden del todo”

martes, 10 de diciembre de 2013

Las pastillas pegadas y la histeria

Y que nos cae diciembre de nuevo. Y digo nos cae y no me cae porque: a) me cae se oye feíto y b) nos cayó a todos, no sólo a mí.
Me agarró en curva. Participé en una expo-venta de cuadros y hube de estar dando vueltas a la Casa de la Cultura donde fue, menos mal, aquí en el pueblo. Cada que iba me sentía como de pinta, porque tenía (y tengo) harto trabajo. Es bueno que lo tenga porque a) me caen unos morlacos para navidad, b) aprendo, sobre todo en este tema, el del capítulo cuatro, que me concierne: "anemia hemolítica autoinmune"; es un poco la vanidad de que hablen de una en los libros, aunque no pongan mi nombre, sé que soy yo, como cuando nos reconocemos en la novela de un amigo/conocido (o enemigo que es peor porque nos pone como el perico) y c) porque tengo pretexto para estar histérica a gusto y no ponerme a hacer la parafernalia navideña. ¿Cómo hacer monerías gastronómicas y compras astronómicas con tanto trabajo? Pero me daré tiempito, cómo no, para hacer las galletitas, comprar el pavodonte... Árbol no pondré, puse unos cuantos monigotes y un micro-belén liliputiense en ocho minutos y medio. Y como no podemos dejar sin visita de Santa Claus a los infantodontes, surtiré sus cartas que constan de juegos variados de vídeo, unos tenis, un brazo para micrófono especial, una mesita de madera donde quepa la computadora grande y los rellenadores de calcetas (stocking stuffers) que sean mi voluntá.
Y es que, ya que vamos de diagnósticos, Diego (hijo al fin y al cabo) dijo que ando histérica por que se me junta en lavado con el planchado (observador el chamaco). Sí, por ejemplo hoy: Miss Oaxaca Jr, Maistro Francisco arreglando el techo, con las consiguientes idas por material, revisiones del estado de la obra, abrir y cerrar portón; clientela humana y canina a comer. Pero parece que es mi estado normal, sólo varía la causa. Me pongo de los nervios si tengo mucha chamba y si no tengo pues también aunque haga adobes, es decir, trabajo del no remunerado. Menos mal que tengo pretextos que si no, me calificarían de loca natural y eso sí que no, lo mío no es natural. Nunca.
Para pintar me hago espacio, pero sólo en el taller, nunca en casa. Hice unos pescados que me quedaron a todo dar, luego se me ocurrió hacer unos pequeños y pegarles en el cuerpo un montón de pastillas, comprimidos y píldoras caducas que ya tiraba el esposo, tan lindas, de colores y formitas, y otras que me regaló una amiga a mi petición. Estoy pintando por encima de las pastillas y el profe me pregunta que cómo llamaré a esos cuadros. Pensé un poco y le dije: "Doctor Salmón". Todo vuelve a la base, a la familia. Qué bonito.
Pero siempre hay cosas sabrosas y relajantes en puerta, o en ventana, según. Comidota de mi cumpleaños con mis compis; otra con la family. De viaje creo que este fin de año no habrá, o al menos no planeado, y no me importa, con lo que me gusta estar en mi casa de barro y chuchos. Mejor me tomo mi ponche o mi chocolatote allá atrás, en la discopulquería, para que el esposo tenga pretexto de encender su estufa-chimenea antigua de fierro. Esa, la que era de su padre. Con esa chimeneíta y un buen libro (y un licorsín) qué me dura el frío.
Y ya que empiece enero, que es como una mañana muy larga en la que no acaba de salir el sol, retomaré una novela que tengo en pedacitos, la pegaré como las píldoras de los pescados.
Sabiduría decembrina (de pilón): denle denle denle no pierdan el tino.

domingo, 27 de octubre de 2013

Dos meses y Doña Sara

Y que de repente voltea una y se le han ido más de dos meses.
De los cuales se pasó una unas semanas metida en un agujero negro, como esos de la astronomía o peor, como los de la ciencia ficción que todo se tragan y no dejan ni respirar ni permiten que entre el más mínimo atisbo de luz. De esos sitios oscuros, densos, de donde se sale a cuenta gotas y sudando, cuando cree uno que salió. Por estar ahí sumida tuve que cancelar mi viaje con la consabida pérdida económica y emocional. Pero aprendí. Como dicen, se sufre pero se aprende y hasta se adelgaza, pregúntenle a mis jeans. Malo que no aprendiera una ni a madrazos. Porque la vida es así: está una muy refeliz contenta y bullanguera pensando que es jauja y de repente !zaz! nos da una patada en el culo y, como no puede esperar una sentadota a que el universo arregle todo como muchos dicen, ponemos manos a la obra y tratamos de arreglar la bronca, salir del lío, ayudar al emproblemado cuando tan cercano es. Nos angustiamos, lloramos dormidas y despiertas, nos mortificamos, no estamos para nada más porque el dolor, cuando es tan grande, sea físico o no, ocupa todo y sí, sufrimos.
Por eso hice el solemne juramento de nunca, bajo ninguna circunstancia, ni bajo presión o tortura volverme a burlar de Sara García. Lo que pasa es que sin conocer sus dolores se cree una que son vaciladas y exageraciones pero no, no.
Entonces, estando en ese estado azotado y sufridor, me puse a hacer mi autorretrato en plan catarsis. Como me había dado de baja en el taller para irme, según, de viaje todo el mes, lo pintaba aquí en mi atelier -ese cuarto mío donde hago, escribo, pinto, coso y desparramo- sola. Me dediqué a emplastar mis famosos embadurrnes y, claro, se quedó a la mitad o a tres cuartos más o menos. Tenía el fondo, el pelo y mi suéter, que pinté en camouflage para que se me reconociera. Tenía la mano que tapa la mitad de la cara y me asomaba al espejo del ropero de mi abuelita para verme, como a metro y medio de mí. Volví al taller a principio de octubre y terminé el retrato de Chicha, que como ya había pintado a la gatita y a Chika me lo reclamaron mis hijodontes. Luego me llevé mi inconcluso retrato y comencé a sufrir. El profe me dio un espejo medianito que tiene para esos menesteres y ahí me tienen viéndome. No es lo mismo verse de volada para que los pelos estén más o menos aplacados y ponerse una rayita y rímel que observarse con detenimiento para copiar los propios rasgos. Como me quedara quieta sosteniendo el espejo en mi mano, el profe me pregunta si necesito algo. Sí profe -le respondo con voz angustiosa- bótox. ¿Algún cirujano plástico en la audiencia? El profesor se ríe, claro, es más vetarrín. En serio, profe, mi cicatriz de la frente, esa que aunque nadie me crea no sólo no me acomplejaba sino que me enorgullecía junto con otras heridas de la guerra (de la guerra que me decidí a sostener cuando era niña y adolescente); esa que llenaba mi madre de crema de concha nácar todas las noches con al esperanza de disminuirla; esa, la que me copió el Harry Potter, se me está perdiendo pero entre las marcas de expresión (lindo eufemismo dermatológico para decir arrugas). Total me deprimí bastante. Por la tarde acudí a un restaurante con mis amigas de la prepa y me divertí mucho, tanto que me desdeprinmí bastante. Luego me encontré un libro de Marcela Guijosa que me iba a servir mucho y lo devoré. Lo había leído cuando salió, pero ahora me venía como anillo al dedo: "Mujeres de cierta edad". Gracias Marcela, hasta estoy pensando invitarla a darnos una plática. Para eso son las sabias, para compartir sus sapiencias con otras mujeres.
Y como sigo sin saber qué me depara el futuro -si lo hay. laboral, pondré mi anuncio en la puerta, como esos de "se aplican inyecciones" o los de "se forran botones" que había en las vecindades de mi vieja colonia Roma Sur: Se hacen autopsias artísticas, se sacan muelas a domicilio, se traduce de oído y de escrito, se resucitan muebles viejos, se pintan murales con motivos originales, se bañan chamacos, se hacen ollas de fabada sobre pedido, se reciclan latas, se educan pericos, se cuecen habas como en todos lados.... A ver si algo me cae.
Sabiduría de los dos meses: Cuando el barco se hunde no son las ratas las que primero huyen.